-Otro día de visita.
-¿Cómo andás, Román? Estaba cerca y decidí pasar por el Hospital.
-Hoy no tan bien, estuve pensando, en ella, en tu mujer. Seguí la historia del otro día, la que era verdad, pero parecía mentira. Ya pasaron unos días. Y nos volvemos a encontrar.
-¿Nosotros?
-No, ella y yo.
-¿Y qué sucede?
-Bueno, esta parte de la historia es donde todo se aclara, pero no estoy seguro de que quieras saberla.
-Quiero, contame, Román, contame.
-El viento sopla. No es un viento muy fuerte, pero el suficiente para usar una buena bufanda de lana. Me da un poco de picazón, pero el frío es excusa para aguantar. El cielo está nublado, un día gris. No hay suelo, al menos no se ve. Todo es agua, aunque caminemos sobre ella, ella y yo.
-¿Mi mujer?
-Sí. Estamos juntos, caminando, saltando las olas de ese sólido mar. Entonces ella me mira. Sus ojos mojados. Otra vez el miedo. Dice que ya no aguanta, dice que la maltratas. La última vez le tiraste con una botella de Fanta por la cabeza. Raúl, vos sabés… ¡Con lo que a mi me gusta la Fanta!
-Pensé que era el pomelo ahora.
-La Fanta también. Eso es algo que no entiendes. Se puede querer a dos cosas a la vez. Yo te quiero a vos, Raúl, pero también a tu mujer, por eso me hice esto.
-Bueno, contame, ¿ahora que pasa?
-Ahora empieza a llover. No es nada fuerte, pero abrimos los paraguas. Yo hago como que el mío está roto, para tener que usar el de ella, junto con ella, y estar junto a ella. Ella me mira y sonríe. Sabe.
-¿Entonces?
-Entonces ella me dice que se quiere ir a vivir conmigo. Pero mi rostro se ensombrece, y ella lo percibe. Yo no quiero, no puedo hacerte eso. Le digo que todo va a pasar, que las cosas contigo van a volver a ser como antes. Pero ambos sabemos que es mentira. Nada puede volver a ser como antes.
-Supongo que ella se enojó contigo, ¿no? Ella es así… Tan frágil, pero tan controladora.
-Por supuesto, ella es así. Pero también es distinta. Y logró entender.
-Entonces… ¿Cuál fue el problema?
-El que no logró entender fui yo. El cielo gris, la lluvia. No caminábamos sobre agua, Raúl. Yo caminaba sobre el agua. Ya estaba loco en este entonces. Yo era el que saltaba las olas. Yo era el que poco a poco se fue hundiendo en ese mar de penurias y tristezas, ahogado por las olas de la impotencia. Y ella me miraba, triste. Yo me consumía por dentro por hacerte eso, Raúl.
-¿Y?
-Y entonces, toqué fondo. Yo sabía que iba a pasar. Me dolía hacerte todo eso. Así que la maté.
-Al fin lo reconoces. La enfermera, era ella. Por eso estás en este hospital.
-Sí, Raúl, perdón. Todo este tiempo… Lo oculté… No sabía como decirlo, aunque supiera que vos lo supieras. Aunque supiera que vos me ibas a odiar. Yo… la maté, y me hundí en ese mar. Gris. Con olas. Frío.
-¿Cómo?
-Cianuro, nuez moscada, caída libre.
-Y no pudiste.
-No, dicen que soy invencible.
-Ya lo creo.
-Perdón, Raúl. Sé que estoy loco, pero esto es en serio. Nunca creí que me arrepentiría tanto de algo como de esto.
-¿Por qué lo hiciste?
-Ella nos quería a ambos, y yo notaba que a ella le sucedía lo mismo que a mí… Terminaría aquí, como yo. O peor. Tal vez ella lo lograra. Un arma, una bala. Tú sabes.
-Lo sé. La guardaba en la mesa de luz.
-Yo le ahorré un trabajo. Le saqué un peso, y me lo puse sobre mi propia espalda. Sobre mi hombre izquierdo, donde ella siempre derramaba sus tibias lágrimas. Eso es lo que soy, Raúl, un maldito burro de carga. ¿Cómo pudo fallar el cianuro?
-No llores, Román. No fue tu culpa. Estabas muy mal. Estaban muy mal. Creo que hasta me alegro de lo que sucedió, ¿sabes? Fue lo mejor para ella.
-Ella era un ángel, y los ángeles pertenecen al cielo. No soportaría que estuviese en el infierno.
-Ella no está ahí, créeme.
-¿Hablaste con ella?
-No todos tenemos cascarudos, Román. No hablé con nadie, sólo lo sé.
-Y ahora que sabes todo, ¿qué piensas hacer? ¿Qué piensas de mí?
-Eres un gran hombre y un gran amigo, Román. Lamento lo que te sucedió, en serio.
-Tú también lo eres, solo eres un poco orgulloso de más.
-Como los centauros.
-Sí, como los centauros. ¡Jaja!
-Supongo que ahora que reconociste la verdad, puedo sacarte de aquí. Y no irás a la cárcel. Llevas diez años aquí, cumpliendo la peor condena. Has hablado conmigo día tras día. Y después de un puñado de años, has vuelto a salir de tu pozo.
-Sí, ya noto el calor. El cielo azul, y el pasto verde. Esta vez, bien verde. El color de la esperanza.
-¿Salimos?
-Claro… ¡Mira como gruñe el bicho, qué cuernos, Raúl!
-Cuernos tiene el diablo, ya no soy cornudo.
-No te preocupes, ella no puede verlo, ella no está con el diablo, sino con los otros ángeles, como ella. Puedo verla. Ya no llora, sonríe y me está hablando. Dice que ya no te tiene miedo. Dice: “Gracias”. Supongo que me habla a mí. No, te dice a ti. Si no fuera por tu orgullo, si no fuera por aquellas lágrimas en el guiso, si no fuera por aquel cielo gris, ella estaría hundida en sus penas, como yo estuve estos diez años.
-Ánimo, Román, que no hay cielo para nosotros.
-¡Qué bestia ese pequinés, Raúl!
08/04/08
Ella (III)
Publicado por
Jimpa
a las
19:08
Etiquetas: Raúl y Román
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12 bolazos:
fin de la gran obra maestra de la locura
bien gurí, tenía (algún) sentido al final de cuenta.. creo.. en fin, 'taba bueno.
te ves
Bo, le prometimos a papá que ibamos a dejar la droga...
Jua jua buenisimo...y la completo el comentario del fimpa jeje.
Termino el loco??? tiene que aparecer alguna ves mas.
La rompiste...
Abrazo...
El Nene
El Roman un cra.
Un abrazo!
MIRALO VÓ AL PENDEJO MODOSITO...
BUENISIMO PELOTUDOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!
jop, tendré que leer post anteriores... aunque éste dice bastante de la historia por sí sólo. :)
saludos!
Jimpa le dejé un regalito en mi blog. besos carolaina.
Ta bo, otra vez se cambia el toque toy re quemada :( Espero que si sea el 18! Besotes Jwa
Sin temor a equivocarme esos dos estaban en el cottolengo don orione
ejerciendo una actitud algo homosexual.
un abrazo
Diego
IIIIIIIIILLLLL KANGOOOOOOOO MEKIIIADOO!
Jajaja salió el lado romantico tuyo eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh ;)
ACM1PT
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