El anciano de blanca barba, sentado bajo el árbol, rascaba su mentón con los dedos índice y pulgar de su mano derecha. De pronto su rostro comenzó a rejuvenecer; sus arrugas desaparecieron y su canosa barba se tornó de un color negro como el carbón. Sus ojos, antes caídos, volvieron a brillar como dos estrellas, siempre mirando hacia el horizonte.
Sus piernas, antes débiles, se vieron dotadas de una fuerza rejuvenecedora. El anciano de barba blanca y gorro negro comenzó a correr y saltar, lleno de júbilo. Del cielo bajó la luz del sol y el anciano ciego de barba blanca y gorro negro miró, y vio, y se encandiló con los rayos de luz por primera vez en su vida. Con el viento vinieron los cantos de los ruiseñores, y el anciano mudo, ciego, de barba blanca y gorro negro cantó por primera vez, mientras su cuerpo seguía rejuveneciendo, y de pronto se olvidaba de cómo hablar, de cómo caminar, de cómo abrir los ojos. De pronto, era el niño de poco pelo, sin barba, que lloraba con los ojos cerrados.
Sus piernas, antes fuertes, se arrollaron, y su mundo se llenó de oscuridad. Se hallaba dentro de una especie de caverna, húmeda pero cálida. Pronto perdió el conocimiento y toda noción de lo que era, lo que había sido, y lo que podría ser.
Sobresaltado, el anciano ciego, mudo, de barba blanca, piernas débiles y gorro negro, despertó con un gesto de exaltación. No había desaparecido, como había soñado. Había desaparecido como siempre había pensado que desaparecería. Ya no se hallaba sentado bajo el árbol. En un rincón de la taberna, el anciano bebía feliz junto a sus difuntos compañeros. Ahora de barba negra, de ojos como estrellas, de piernas y brazos fuertes, el anciano ya no era más anciano. Ahora él ya no era. Sólo había dejado de ser.
29/04/08
El Anciano de Blanca Barba
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21/04/08
Verde
Sobre una mesa de tres patas, patas arriba, comían las tres personas verdes. Cada una tenía su plato, su vaso y sus cubiertos perfectamente equilibrados sobre la pata que les correspondía. Una de ellas, la mayor, no sabía por qué era verde, simplemente lo era. Las otras dos la miraban atentas. Habían decidido que si no averiguaban el por qué de su verdor, morirían esa noche. Y era una decisión extremadamente ineludible.
La menor, que era de un verde pálido, color pasto viejo no tan viejo, tomó una cuchara y se sacó un ojo. Todas rieron. La del medio, sin parar de reírse, tomó un cuchillo y se cortó la yugular. No tardó mucho tiempo en morir, pero mientras moría, todas reían. Estaban muy alegres.
La mayor, que parecía apunto de estallar a las carcajadas, tomó un palo de amasar y deformó a golpes la cabeza de la menor, hasta que brotó sangre verde, anunciando la muerte. Lo verde de sus ojos se dio vuelta y la mayor de las personas verdes paró de reír.
Estiró su mano hacia la nuca, corriendo con cuidado su verde cabello, y tomó con sus dedos índice y pulgar la punta del cierre. Lo movió cuidadosamente hasta la altura del cóccix y lo soltó. Una nueva persona salió de ese traje de persona verde. Pero esta persona ya no reía. Una persona color piel, color carne, color miedo, salió llorando de ese traje verde. Una persona que entendió que era verde solo porque estaba rodeada de personas de ese color.
13/04/08
Temporada de Caza
-Se acerca la temporada de caza.
-Este shampoo me deja el pelo más suave…
-Sí, a veces me pregunto qué sienten los ciervos cuando ven llegar a los cazadores.
-Dicen que evita la caída del pelo.
-Claro, pero aparte un ciervo puede llegar a pesar unos cuantos kilos si está gordo. Vale la pena.
-Usando esa crema de enjuague ando volando.
-Sí, corren rápido los ciervos, pero con unos buenos galgos lo podemos atrapar.
-Mirá este baño, limpito y reluciente. Voy a contratar una empleada que solo limpie los baños. Me gusta como brilla. Mirá el water.
-El año pasado, al ciervo que cazamos le cortamos la cabeza y la mandamos embalsamar. Cuando vayas pal rancho la vas a ver, reluciente, colgada a la cabeza del sofá.
-Me acuerdo cuando hicimos que Pepe González metiera la cabeza en el water. Pobre tipo. De seguro la transacción hubiera sido mucho más sencilla si hubiera sido en un water como este. ¡Un water de oro, Pedro! ¡Un water de oro!
-Me acuerdo que en los ojos del ciervo pusimos algo de oro, para que brillaran más. ¡Ojos de oro! ¡Qué lo parió!
-Cuando me senté en este bebé por primera vez me dio lástima, pero ahora lo veo como algo positivo. Es tan hermoso como una botella de coca cola en la silla de montar de un pony.
-Al principio el ciervo me daba lástima, pero ahora lo veo como un trofeo, como algo de lo que estar orgulloso. Tiene el porte de mi tía, un porte hermoso. Ella es una gorda muy peculiar, muy altiva, que menea su papada al ritmo de sus palabras. Perdoná que te cambie de tema, Eduardo, pero tengo ganas de cagar.
-No te hagas drama, otro día hablamos de la caza. Ahora sí, ¡vení y probá este water!
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08/04/08
Ella (III)
-Otro día de visita.
-¿Cómo andás, Román? Estaba cerca y decidí pasar por el Hospital.
-Hoy no tan bien, estuve pensando, en ella, en tu mujer. Seguí la historia del otro día, la que era verdad, pero parecía mentira. Ya pasaron unos días. Y nos volvemos a encontrar.
-¿Nosotros?
-No, ella y yo.
-¿Y qué sucede?
-Bueno, esta parte de la historia es donde todo se aclara, pero no estoy seguro de que quieras saberla.
-Quiero, contame, Román, contame.
-El viento sopla. No es un viento muy fuerte, pero el suficiente para usar una buena bufanda de lana. Me da un poco de picazón, pero el frío es excusa para aguantar. El cielo está nublado, un día gris. No hay suelo, al menos no se ve. Todo es agua, aunque caminemos sobre ella, ella y yo.
-¿Mi mujer?
-Sí. Estamos juntos, caminando, saltando las olas de ese sólido mar. Entonces ella me mira. Sus ojos mojados. Otra vez el miedo. Dice que ya no aguanta, dice que la maltratas. La última vez le tiraste con una botella de Fanta por la cabeza. Raúl, vos sabés… ¡Con lo que a mi me gusta la Fanta!
-Pensé que era el pomelo ahora.
-La Fanta también. Eso es algo que no entiendes. Se puede querer a dos cosas a la vez. Yo te quiero a vos, Raúl, pero también a tu mujer, por eso me hice esto.
-Bueno, contame, ¿ahora que pasa?
-Ahora empieza a llover. No es nada fuerte, pero abrimos los paraguas. Yo hago como que el mío está roto, para tener que usar el de ella, junto con ella, y estar junto a ella. Ella me mira y sonríe. Sabe.
-¿Entonces?
-Entonces ella me dice que se quiere ir a vivir conmigo. Pero mi rostro se ensombrece, y ella lo percibe. Yo no quiero, no puedo hacerte eso. Le digo que todo va a pasar, que las cosas contigo van a volver a ser como antes. Pero ambos sabemos que es mentira. Nada puede volver a ser como antes.
-Supongo que ella se enojó contigo, ¿no? Ella es así… Tan frágil, pero tan controladora.
-Por supuesto, ella es así. Pero también es distinta. Y logró entender.
-Entonces… ¿Cuál fue el problema?
-El que no logró entender fui yo. El cielo gris, la lluvia. No caminábamos sobre agua, Raúl. Yo caminaba sobre el agua. Ya estaba loco en este entonces. Yo era el que saltaba las olas. Yo era el que poco a poco se fue hundiendo en ese mar de penurias y tristezas, ahogado por las olas de la impotencia. Y ella me miraba, triste. Yo me consumía por dentro por hacerte eso, Raúl.
-¿Y?
-Y entonces, toqué fondo. Yo sabía que iba a pasar. Me dolía hacerte todo eso. Así que la maté.
-Al fin lo reconoces. La enfermera, era ella. Por eso estás en este hospital.
-Sí, Raúl, perdón. Todo este tiempo… Lo oculté… No sabía como decirlo, aunque supiera que vos lo supieras. Aunque supiera que vos me ibas a odiar. Yo… la maté, y me hundí en ese mar. Gris. Con olas. Frío.
-¿Cómo?
-Cianuro, nuez moscada, caída libre.
-Y no pudiste.
-No, dicen que soy invencible.
-Ya lo creo.
-Perdón, Raúl. Sé que estoy loco, pero esto es en serio. Nunca creí que me arrepentiría tanto de algo como de esto.
-¿Por qué lo hiciste?
-Ella nos quería a ambos, y yo notaba que a ella le sucedía lo mismo que a mí… Terminaría aquí, como yo. O peor. Tal vez ella lo lograra. Un arma, una bala. Tú sabes.
-Lo sé. La guardaba en la mesa de luz.
-Yo le ahorré un trabajo. Le saqué un peso, y me lo puse sobre mi propia espalda. Sobre mi hombre izquierdo, donde ella siempre derramaba sus tibias lágrimas. Eso es lo que soy, Raúl, un maldito burro de carga. ¿Cómo pudo fallar el cianuro?
-No llores, Román. No fue tu culpa. Estabas muy mal. Estaban muy mal. Creo que hasta me alegro de lo que sucedió, ¿sabes? Fue lo mejor para ella.
-Ella era un ángel, y los ángeles pertenecen al cielo. No soportaría que estuviese en el infierno.
-Ella no está ahí, créeme.
-¿Hablaste con ella?
-No todos tenemos cascarudos, Román. No hablé con nadie, sólo lo sé.
-Y ahora que sabes todo, ¿qué piensas hacer? ¿Qué piensas de mí?
-Eres un gran hombre y un gran amigo, Román. Lamento lo que te sucedió, en serio.
-Tú también lo eres, solo eres un poco orgulloso de más.
-Como los centauros.
-Sí, como los centauros. ¡Jaja!
-Supongo que ahora que reconociste la verdad, puedo sacarte de aquí. Y no irás a la cárcel. Llevas diez años aquí, cumpliendo la peor condena. Has hablado conmigo día tras día. Y después de un puñado de años, has vuelto a salir de tu pozo.
-Sí, ya noto el calor. El cielo azul, y el pasto verde. Esta vez, bien verde. El color de la esperanza.
-¿Salimos?
-Claro… ¡Mira como gruñe el bicho, qué cuernos, Raúl!
-Cuernos tiene el diablo, ya no soy cornudo.
-No te preocupes, ella no puede verlo, ella no está con el diablo, sino con los otros ángeles, como ella. Puedo verla. Ya no llora, sonríe y me está hablando. Dice que ya no te tiene miedo. Dice: “Gracias”. Supongo que me habla a mí. No, te dice a ti. Si no fuera por tu orgullo, si no fuera por aquellas lágrimas en el guiso, si no fuera por aquel cielo gris, ella estaría hundida en sus penas, como yo estuve estos diez años.
-Ánimo, Román, que no hay cielo para nosotros.
-¡Qué bestia ese pequinés, Raúl!
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05/04/08
Guiso de Lágrimas (II)
-Un cielo azul.
-Pasto verde.
-Pero no tan verde, Raúl.
-Bueno, verde seco, Román.
-¿Ahora?
-Ahora aparece ella, mi mujer.
-Y el que te la robó.
-Si, vos, Román, vos…
-¿Yo aparezco?
-Vos me robaste a mi mujer…
-Pero sabés que no fue mi intención. Mirá, ahora ella me está coqueteando. Mirá, ahí, al lado del árbol.
-¿Qué árbol?
-El árbol, el que sale del pasto verde no tan verde, verde seco, y contrasta con el cielo azul.
-Ah, sí, los veo. A ella, al árbol, y a vos.
-Me dice cosas, ¿ves? No me eches la culpa, así es siempre.
-¿Y vos que hacés?
-Mirá, ¡me tira besos!
-Sí, pero, ¿vos que haces cuando pasa eso?
-Y Raúl, yo trato, y trato, pero a veces no puedo. Ellos me dicen que vaya, que le responda…
-¿Otra ves con los cascarudos?
-Ahora los conozco mejor. Son dos, se llaman Luis y Guzmán. Luis es el mayor, pero es medio marica.
-No nos vayamos de tema. Están ahí, el cielo azul, el pasto verde, no tan verde, seco, el árbol, ella, vos. ¿Qué pasa ahora?
-Ahora yo me acerco. Pero no es por gusto, Guzmán me está alentando, no es mi culpa.
-¿Y?
-Ella corre y me abraza. Está asustada. Dice que vos le das miedo. Que le haces acordar a un centauro, siempre tan orgulloso. Crees que tenés cuatro piernas y dos fuertes brazos.
-Ya sé que no te caen bien los centauros.
-Pero a ella sí. El problema es ese. Ella te quiere, pero sos muy severo y orgulloso. Entonces se va conmigo. Yo soy más como un elefante.
-¿Por la panza?
-Por la trompa.
-Dejémosla ahí.
-Bueno. Entonces sigo. Ahora, ella, bajo el cielo azul y sobre el pasto verde, no tan verde, llora en mi hombro.
-¿El derecho?
-No, el izquierdo. Siempre usa el izquierdo. Los hombros izquierdos de mis camisas están medios gastados.
-Camisas baratas.
-Sí, eso te hago creer a vos. Ella me da un beso y dice que tiene miedo, otra vez. Dice que no quiere que sepas que estamos juntos. Entonces sale corriendo hacia la cocina.
-¿Está cocinando?
-Un guiso. Y se le estaba quemando, por eso salió corriendo.
-¿De lentejas?
-Porotos.
-No es mi estilo.
-No está cocinando para vos. Ahora vuelve. Tiene una cuchara humeante en la mano, me da para probar. Está muy rico. Yo le doy un abrazo mientras trato de tranquilizarla. No quiero que llore.
-¿Van a sentarse a comer?
-Esperá. Después, bajo ese cielo azul, junto al olmo, aquel árbol, nos ponemos a discutir.
-¿Discuten?
-Sí, ella dice que no te puede hacer eso. Me dice que soy un mal amigo contigo, pero un buen amigo con ella. Yo creo que es más que una amistad, pero antes de que mis pensamientos se vuelvan palabras, ella me tapa la boca y nos vamos a almorzar.
-¿Cómo se sientan?
-Uno frente al otro, y nos miramos a los ojos. Ella está triste.
-¿Vas a probar el guiso?
-Si querés te convido.
-No, gracias, comé tranquilo y seguime contando.
-El guiso está aguado. Creo que es por las lágrimas. Eso es, mucho llanto, por eso trataba de consolarla, por el guiso.
-Así que no la querés tanto…
-Si que la quiero, pero también al guiso. Yo no como guiso tan seguido…
-¿Ahora que pasa?
-Ahora el postre, y después, cuando terminamos, me paro y ella me mira, incómoda. Dice que no debería irme, pero yo se que sí. Entonces agarro el saco y camino hacia la puerta. Ella corre y me da un beso.
-¿Corto o largo?
-Ya lo vas a ver, esperá. Porque entonces se abre la puerta, y entrás vos. ¿Ves al beso?
-No.
-Entonces correte un poco a la derecha, es por la cortina, te tapa un poco.
-Ah, ahí. Sos un desgraciado, Román.
-Entonces vos dejás el termo y el mate sobre la mesa y me partís la cara de un piñazo. Yo estoy en el piso, sangrando, y ella llora. Te tiene miedo, otra vez, y otra vez el llanto, el mismo del guiso. Espero que la próxima vez no sea sopa.
-¿Y después?
-Después vos tendrías que saber, vos le diste ese giro a la historia.
-¿Yo? Ustedes me estaban engañando, vos como amigo, y ella como esposa. ¿Qué otro giro podría darle? Ustedes son los retorcidos.
-No, antes. Vos provocabas los llantos, Raúl, cuando llevaste aquella bestia a casa.
-¿Al pequinés?
-Sí, el de los cuernos.
-Ese soy yo.
-Pero vos la hiciste llorar, Raúl. Vos pusiste las lágrimas en aquel guiso. En ese limpio día, de cielo azul y césped verde, no tan verde. Un día claro, pero seco. Como el pasto.
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