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atte Jimpa

29/11/08

Ocho

-Mis ojos se han congelado mirando su rostro. Los suyos ya no me miran con el calor de antes. Hoy permanecen caídos, gélidos, decepcionados, y esperan no tener que proyectar mi imagen nunca más en lo que queda de su corta eternidad. Respiro, y ya no aire que sirva para aliviar mi culpa; desearía deshacerme de ella, pero no es tan fácil. Nada lo es.

-Azul ha sido siempre la luz de sus emociones. Tan azul que uno nunca sabrá si viene, si va, o cuánto tardará en volver. Azul que colorea lo que alguna vez fue negro en sus ojos, que pinta de amor y de vida las paredes de las más tenebrosas cárceles. Hemos cosechado del árbol de la desgracia, y una vez que probamos el fruto, pocas cosas buenas trae el porvenir. La ventura del fortuito por siempre desearemos, añorando aquellos tiempos en los cuales el ángel caído aún no había tomado nuestro corazón a préstamo. Deberemos volar, una vez más, a las costas donde el mar no escurre.

-Ellos han comenzado a distinguirse. Uno por uno, van creando más dentro de mí. Dos, cuatro, ocho; esperamos no tener que continuar con esta oscura progresión. Ella se escabulle siempre como una estrella fugaz, que alimenta mis deseos y luego escapa como arena entre mis dedos. ¿Cuánto tiempo aguantaremos de esta manera? Aguantar hasta que ella, nuestra hermosa estrella, se encienda como el Sol. Deberemos buscar una señal, una vez más, para que el amor no se esconda como ella logra hacerlo.

-No diré nada más que esto: Esto.

-Y otros ríen mientras nosotros intentamos ser mejores. El esfuerzo ya no parece ser premiado como debería, y por más que lo intente, la culpa siempre se apodera de mi espíritu. Ella encuentra la forma de hacerme sentir culpable por los más inútiles e insignificantes comportamientos. La razón y el amor, que luchan por consumir mi corazón, sólo aceleran mi sufrimiento. Deberíamos desaparecer por siempre, y que ya nadie recuerde nuestros nombres.

-Sin embargo, yo estoy tan alegre. Jamás he visto sobre este planeta un día tan hermoso, tan lleno de esas alegres tristezas que siembran el bulbo de la esperanza en mis entrañas. Jamás he sonreído tan amablemente a las personas que se cruzan en mi camino. Hoy, los colores del viento pintan mis ojos de una felicidad incandescente, y los aromas del tiempo han dejado de irritar mi percepción.

-Por mi parte, no tan mal me siento. Quisiera, tal vez, modificar los túneles del humor. Retorcerlos con ayuda del tiempo, o del amor. He encontrado la forma de no amargar mi existencia por estas causas, pero no he conseguido aplicarla aún. Cuando afirman que soy infeliz, tiendo a asentir. La vida me ha mostrado que se debe contestar lo que el otro quiere que se conteste. De no hacerlo, mejor corre, pues ellos buscarán que articules esa respuesta. ¿Quiénes? Las voces, tú sabes, las que estamos hablando en este momento. Tan discretamente hemos tomado el control, que muchos ya nos ven como personas diferentes.

-Hace poco volví al mundo. Al principio, nada parecía bueno. Nadé por meses en las tibias aguas de la soledad, esperando que una estruendosa tormenta me ocultara muerto bajo las olas. Hoy, al verla partir, un rayo de luz se ha abierto en mi camino. Al menos, ahora se halla la esperanza de verla volver. Jamás había visto, en mi vida y mi muerte, algo tan hermoso, capaz de generar en mí tal sufrimiento. Hasta ahora. Ella es el motor de mis emociones y se ha convertido en la dueña de mi razón. Los ocho vivimos para pensar en ella, pues una mente no es suficiente para admirar su grandeza. Ocho fantasmas que vagan por la vida esperando que lo que parece ser su espalda muestre algún día aquel hermoso rostro que tanto solíamos admirar. El día que ella vuelva, uno sólo volveremos a ser. Mientras tanto, seguiremos conversando con ustedes.

25/11/08

Décadas de estatuas

Y vuelve. Está tan verde con la esperanza, que desea volver. Ya no escucha los cantos de aquellas miradas que alguna vez le hicieron dar pasos hacia atrás. Su mar ya no está duro ni resbaladizo, es rojo como el de todo el mundo, atormentado por los truenos de su memoria. Sus cabellos, como rayos, electrifican el aire a su paso. ¿Y qué si no respira el mismo aire que el resto? Él es el pájaro que nada junto a los peces.

A veces mira hacia afuera, por la ventana, y no ve más que su reflejo. Él se dice que no quiere ver más allá de su propia mente. ¿Pero acaso puede hacerlo, si se lo propone? Su mente castiga todo pensamiento que quiera escaparse de los límites que ha pautado. Él se traga los sueños y, como una estatua, anhela el día en el que la erosión de los años ya no le deje ver este mundo. "¡Qué idiotas somos!", piensa cada día. "¿No sería mejor dejar de perder el tiempo y hacer de este mundo algo mejor?"

Todos queremos lo mejor para nosotros, ¿pero acaso es eso lo mejor para el resto? Ha ensombrecido el brillo de aquellos que no se han esforzado tanto como él. Y no le gusta ese sabor, el de la victoria, el aroma de haber superado en todo aspecto. Mirar desde arriba no ayuda cuando a uno lo miran desde abajo, desde las trincheras. Soldados esperando que el atardecer se robe sus lágrimas, y todo lo que alguna vez fue de ellos. Abajo, ellos intentan tragarse la esperanza.

Y vuelve. Ellos se quedaron sin esperanza, y debe volver. Ya no escuchará los susurros de aquellas almas que alguna vez quisieron verlo caer. Cruzará un mar de tormentas, pero al llegar, la tempestad se acabará para el resto. ¿Y qué si no respira el mismo aire que ellos? Están cansados de ser peces en un mar oscuro del cuál solo las aves logran escapar. Él, a pesar de todo, buscará esforzadamente la forma de darles alas. Sus rígidos ojos verán al fin un rayo de luz, un hilo de esperanza en la pétrea dureza de sus almas.

18/11/08

Gone, gone, gone

Hoy dejó de hablar. Está convencido de que rendirse es la parte más difícil, pero debe hacerlo de todas formas. La fuerza está en contenerse, que jamás un sonido lastime sus labios, o rasgue los de algún extraño. Incomunicación: busca sobre todo el aislamiento; y no habrá lenguaje ni señas que den a entender sus emociones.

Ayer pensó que tal vez era la mejor forma de escapar. O vivir en una isla y maldecir por siempre el día en que nadó esas turbias y profundas aguas. Desea haber muerto ahogado, o lo hubiera deseado. ¿Y por qué hablar con otras personas? ¿Qué pueden decirnos? Él siempre llora sus errores. Cada palabra tiñe de negro los más tiernos rincones de su corazón. Hablar de felicidad sólo le trae la tristeza de aquellos tiempos en los cuales las risas desbordaban su rostro.

Algún día fue fuerte, y eso lo sabe bien. Y no es que hoy no lo sea. Olvidar cuesta más que recordar en todo momento. A veces se despierta pensando si ella despertará a su lado. Pero no puede, pues se ha ido, y no volverá jamas. Ya no cree en corazones rotos ni falsas esperanzas; sus ojos miran solamente hacia adelante, esperando el día en que se cierren por completo.

Mientras sus ojos se queman, él sonríe, aún sabiendo que está condenado al sufrimiento. Ellos lo estaban desde un principio, destinados a lo peor. De a poco sus vidas se fueron separando, imperceptiblemente, hasta que el vacío los consumió, alejándolos inevitablemente. En fin, guardar silencio, eso hará, encadenado por sus retorcidas tristezas. Al fin y al cabo, aún hablando, ni siquiera ella puede entenderlo.