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atte Jimpa

29/12/08

Presentación

Damas y caballeros, ¡contemplad! Tocaremos la mejor canción del mundo, hasta que sus oídos sangren, bañados en cristales de sudor demoníaco. Entren por esa puerta, ésta no es la mejor canción del mundo, pues no podemos recordarla, pero nos esforzaremos para que su estadía sea lo más placentera posible. Como verán, desde esa puerta hasta ella misma hemos colgado una serie de esquinas brillantes, adornadas con pequeños cubos de hielo negro que comienzan a derretirse por el intenso frío de la habitación. Es difícil fabricar tantas esquinas con sólo dos paredes, pero el cantar de los bosques ayuda a fermentar las bebidas. ¡Contemplad! Cada nota de esta sublime canción se vierte sobre sus ojos como metal fundido, olvídense ya de sus visiones, pues sabemos cómo decirles qué hacer. Caminen cuatro pasos y medio, sin apoyar el pie derecho, y laman con pasión el vidrio de esta ventana, y no teman cortarse, ya sabemos que el vidrio está roto.

Sobre la alfombra, en el piso, cuelga una lámpara que desea alumbrar cada uno de los rincones descoloridos de nuestras almas. Olvídense de fechas, direcciones y teléfonos; hoy serán testigos de la oscuridad. Porque ella desea iluminarlos, pero no creemos que pueda. Tenemos estatuas de bestias que duermen junto a los ángeles, con paredes tan ásperas que nuestros besos no resultarán más que limaduras de hierro. ¡Corran, allí viene un gigantesco imán! Las flores pintadas en los lados de esta habitación sí poseen vida, y si se cortan los dedos podrán tocarlas. Admiren sin sus ojos el color de nuestras pinturas, ellas gozan de un calor tan agobiante que no hay madera que resista enmarcarlas. Pesados metales encapsulan hoy el dolor de muchos artistas: lágrimas, sangre, y alguna que otra historia de amor.

Si prestaran mayor atención, entonces verían que, detrás de las flores en las paredes, existe un bosque lleno de animales. Para serles sincero, jamás he visto uno, pero la descripción de este lugar me obliga a decirlo. Así que sí, he visto animales, ¡y cuántos! He mantenido conversaciones con liebres tartamudas y tortugas verborrágicas, y he acariciado los cuernos de rinocerontes del tamaño y la forma de un avestruz. Si caminan por el pasillo que hay en el techo, entonces llegarán al cielo. No se alarmen, las nubes son frías y algo húmedas, pero se sentirán a gusto. Allí se encuentra el pájaro que canta con voz ronca el significado de nuestras miradas, y el gato que ladra, y el pez perro. Juntos conocen nuestras virtudes y defectos, ellos son los que nos resucitan y nos entierran aún más profundo, para que nadie cometa los mismos errores que nosotros.

Más allá, en lo que nosotros llamamos el jardín, no existen plantas. Pintamos el cemento de verde para darle un aspecto natural, pero a nadie parece gustarle. Los árboles no quieren echar raíces y las personas se burlan y orinan en nuestros muros. Ahora comiencen a girar sobre su propio eje inclinado veintisiete grados en sentido anti horario; mi compañero les irá pasando un pequeño trozo de papel que deberán colocar por debajo de su lengua. No se asombren si, aún con los ojos cerrados, los pingüinos manejan automóviles de siete ruedas. Aquella sombrilla que algún día comenzó a volar apuñalará a cualquier turista desprevenido, aunque a ustedes no les incumba.

Abran sus cansados ojos y miren a su alrededor. Les he hecho recorrer esta peculiar vivienda sin que vieran nada. No se asusten si solo ven blanco a sus lados y tienen puesto un chaleco de fuerza: siempre ha sido así. Después de todo, lo que nuestros ojos nos muestran no es más que lo que estamos destinados a ver. Ciérrenlos, apáguenlos, doblen sus destinos y guárdenlos en sus bolsillos. No podremos tocar la mejor canción del mundo, pero les hemos mostrado cosas que jamás serían capaces de ver por ustedes mismos. Muchas gracias, y disfruten su estadía.

23/12/08

Rojos cantares

-¿Me conoces?

-Ya no más, no sin aquellos ojos. Mira estos, son de madera, opacos, secos, y no encontrarían un rostro hermoso aún cuando estuviera rodeado de la gente más grotesca. Ellos lloran, y la madera ha comenzado a brotar. Han enraizado en las profundidades de mi cuerpo, donde las imágenes ya no parecen ser de importancia. Pero florecerán algún día, así como tu tibia juventud, y podré mirar nuevamente el color de esos ojos que tanto han alimentado mis esperanzas. Espera, amor mío, y vence al odio que tanto ansía apoderarse de tu mente.

-Esperaré, más apagaré toda luz que se cruce en mi camino. Los tiempos tristes deben pasarse abrazando a la oscuridad, lamiendo el silencio. Cobraré venganza a mi pereza y estrecharé vínculos con mi conciencia. He aquí la voz de las flores, el canto de las tumbas. Han hablado desde otros mundos pidiendo que vayamos a visitarlos.

-¿Y si lo hacemos, cómo piensas volver? Significaría para ti pasar el resto de la insoportable eternidad a mi lado, y nadie quiere vivir así ni siquiera durante un día. Allí, los relojes han perdido sus agujas. Los minutos y segundos son sólo fotos, enmarcadas en oro, cubiertas de polvo en lo profundo de un oscuro baúl. El tiempo es para nosotros la excusa para nuestra impaciencia; sólo necesitamos más. ¿Acaso deseas perderlo por siempre?

-Sí, deseo. Deseo tantas cosas que deberé caminar por el abismo, un día de estos. Mi infierno comenzará en el noveno piso, y bajaré seiscientos sesenta y seis escalones hasta postrarme bajo las garras de Lucifer. Mis ojos, nuestros ojos, serán rojos como la sangre y alumbrarán el camino de los más débiles. Los muertos nos darán la bienvenida allí donde el azufre quemará nuestros pulmones, adornarán nuestra llegada con esqueletos y restos de cuerpos que algún día se rindieron ante el castigo de su vil majestad. Caína y los traidores no correrán tras las sombras, y nos abrazarán aún bajo la intrigante mirada del demonio. Corre, amor, si deseas volver a casa sin el rojo en las ropas.

-Ya no te conozco. Si el amor te conduce, entonces ruégale a tu hambre animal que no arrastre eso que tú llamas cuerpo hacia las profundidades. Apaga tus instintos, traga tus impulsos. Todo estará perdido en esta guerra, y sólo podremos sentarnos a llorar y buscar una canción aún más triste. Y cuando la encontremos, jamás pensar en tiempos de felicidad. Dejemos que las lágrimas apaguen el fuego en nuestro rostro, el humo ahogará poco a poco nuestras penurias. Pero jamás escupas en la cara a los ángeles, porque Belcebú no querrá darte una ayuda a menos que le otorgues el control de tu alma. Corre, amor, si deseas seguir en casa sin el rojo en las ropas.

-Escucharé tus gentiles cantares sólo una noche más. Y si, en el transcurrir del tiempo, la esperanza no se ha escondido tras las sombras de la duda, entonces me quedaré a escucharlos otra noche. Sólo cuando la campana deje de sonar, sólo cuando canten los cuervos al verme pasar, sólo entonces cavaré la fosa más profunda hasta la morada de los sabios. Ellos, los que han escuchado y visto todo, sabrán decirme qué tan bueno es el mundo cuando no hay tiempo que incinere la juventud. Siéntate, amor, si deseas que me quede, y entona con tu voz de roble aquellas melodías que alguna vez separaron a Satanás de nuestros pensamientos.

09/12/08

Agradecimientos especiales:

No quiero hablar específicamente de la noche de las luces, ni gente desdentada que se masturba viendo fuego donde deberían verse las estrellas. Pero me dan ganas de bañarlos en nafta e incendiarlos, o volar sus "casas" con bombas molotov. Si no estás de acuerdo con el genocidio de pichis, entonces sos un imbécil, y estás muy confundido. Y odio a la gente que se equivoca, y no creo que merezcan vivir. Cuando me equivoqué, supe castigarme correctamente y es por eso que sólo me quedan dos dedos en cada mano (dos y medio en la derecha). Los imbéciles que creen en la igualdad pueden irse bien a la mierda. No creo que digan lo mismo si un negro se viola a sus hijas o defeca en la puerta de su casa. Sobre el felpudo, donde sea bien difícil sacar los rastros de aquello que alguna vez un ser analfabeto supo llamar "comida", y te quede un sabroso aroma a recto de gorila en los dedos. Basura. No hay nada más desagradable que esos barrios en donde las bolsas de plástico están mezcladas con el pasto. Parece que, cuando la gente es pobre, crezcan botellas de refresco "ving" en lugar de yuyos. Y también odio a los caballos, los odio, y no pregunten por qué. Hace un par de días, yendo a dar un examen, tuve que cruzar una calle porque una manifestación de recolectores de basura obstruía mi camino. Las cosas que un hombre no cuerdo como yo haría con un lanzallamas no son dignas siquiera de ser imaginadas. Pero, como diría Julio Ríos, "la capacidad de asombro no tiene límites", y si, aunque les resulte impactante, compré un lanzallamas. Ya nadie me molestará en mi hogar, al menos nunca más después de perder las capas superiores de su piel. Voy a quemar cada carrito que se atreva a cruzar cerca de mi casa, porque nadie quiere que recolecten y clasifiquen la basura. No pueden quejarse de eso, no pueden pedir beneficios, porque son pichis, y eso es lo que les gusta hacer. Revolcarse en la basura, lamer el plástico, masturbarse utilizando la técnica del mapache holandés. Son sucios, y casi no humanos. Digo casi porque de lo contrario podrían calificar a este blog como racista, y quiero quedar bien. Mentira. Con todo respeto, los pobres pueden morirse todos, ahora. Apaguen sus cerebros de plástico, apáguenlos, porque nadie necesita que intenten pensar o articular sonidos. Hasta el sordomudo del 12 habla mejor que ustedes, y él parece Corky. También me molestan los retardados mentales, pero existe la posibilidad de que sea uno de ellos y por las dudas voy a burlarme de los niños de áfrica. Ellos no tienen ni basura, porque la gente rica de ahí tampoco come. Sólo toman petróleo o se violan mutuamente. O migran hacia países europeos y se ríen mirando cómo sus parientes se comen entre ellos, traficando órganos y violando a sus bebés. Y tienen sida. Mucho sida, y negras lesbianas al estilo de la pornografía de National Geographic. Sinceramente, yo puedo ser un desgraciado, pero mientras ellos existan y sigan ocupando mis calles y apareciendo en los reclames de UNICEF, voy a ser menos desgraciado que alguien. Gracias, inútiles.

07/12/08

Suero

-Asumo que has tomado mi juventud; supongo que, con el tiempo, las arrugas se robarán mi rostro. Soy un hombre cortado a la mitad en este mundo, y ya no hay nada que pueda contentarme, excepto ver la lluvia caer en una tarde de otoño. Si cae un segundo del cielo, si llueven los minutos, el dulce sabor del paso del tiempo adormece mis sentidos. Quiero ver el fin cuando sea su momento, aunque a veces siento que no puedo esperar.

-¿Hacia dónde nos dirigimos ahora? Las sombras de esos buitres revolotean sobre nosotros, y el aire se tiñe del ruin color del hambre. ¿Qué quieren de nosotros? Hemos conocido gente malvada, nos han mentido y han venerado cualidades que jamás tuvimos como si fueran parte de nosotros. Los hemos echado de nuestro camino, y, sin embargo, su sed de sangre parece aumentar a cada instante. ¿Puedes esperar aunque sea hasta el amanecer?

-Escucha, hijo, escucha con atención. Sabrás hacia dónde vamos cuando sepas dónde estás. Necesitarás tragar la cristalina saliva del tiempo, por más viscosa y amarga que sea. Un día, preferirás el canto del viento antes que el ritmo de tu aliento. Mañana verás cómo vivir ya no lo es todo cuando nadie está aquí para saborear la vida contigo, o al menos verte vivir. La vida es el más inútil de los pasatiempos del hombre. Por años busca lo que parece tener sentido, y, cuando lo encuentra, le da la espalda y vuelve por su camino. Hemos encontrado el conocimiento y lo hemos echado a perder por la amistad; hemos encontrado la amistad y la hemos apartado por el amor; y cuando logramos acariciar al amor, éste nos arrancó fuertemente el corazón, dejándonos vacíos, fríos, ciegos. Ya no hay nada que debamos buscar, excepto un fin para nuestras vidas.

-¿Y qué empieza cuando la vida llega a su fin? Olvidaremos el canto de las aves, el color y el perfume de las flores, aunque eso jamás nos ha importado. Padre, me has enseñado solamente a amar a la gente que me ama, y la lista se ha vaciado. Si no vivo, y no amo, entonces moriré ahogado en el odio. ¿Acaso crees que sea realmente una buena idea?

-Hemos hecho todo por seguir con ellos. Tal vez, al fin y al cabo, nada tengan que ver con nosotros. Nos han adormecido con el suero de la traición, ¡y qué bien lo hicieron! Seguimos creyendo que eran de confianza, y sólo hablaban basura de nosotros. Pintaron retratos deformes de nuestro orgullo y construyeron grotescos monumentos a nuestro honor. Han orinado y defecado en ellos, los han incinerado, para que jamás nadie vuelva a ver en nuestros ojos el reflejo de un buen espíritu. ¿No crees que sea una buena idea? O acabamos con nuestras vidas, o ellos lo harán tarde o temprano, a menos que nos decidamos a matarlos antes de que se percaten de nuestra existencia.

-¿Navegaremos los siete mares o simplemente nos daremos por vencidos? El ancla, trágala, entiérrala con los hijos del demonio. Jamás pararemos, por siempre consumiremos su felicidad. Desde hoy, padre, nos alimentaremos de sus sueños y esperanzas, destruiremos todo lo que alguna vez quisieron. Ellos han derramado nuestra sangre, y es hora de que nosotros probemos la suya. Sabor a hierro en la boca, rubíes de fuego que queman nuestra lengua. En lo que a ellos concierne, nosotros ya estamos muertos, idos de este mundo. Belcebú espera a esos traidores en lo más profundo de la tierra, enviémoslos, hagamos que su sangre hierva y revienten sus vísceras, calentemos sus almas de tal forma que sus desgraciadas lágrimas se evaporen antes de tocar el suelo. Su odio, en nuestro odio se reflejará.

04/12/08

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Odiamos al azul como a todas las frutas y verduras. Y es que muchas veces no hay brisa que congele mis lágrimas, ni viento que selle mis párpados. Caminamos horas y horas bajo el abrasante calor de la luz de la luna, y las estrellas comienzan a mirarnos con desdén. “Salgan de allí abajo, no merecen bañarse en nuestro llanto”, cantaban. No vale la pena juntar agua y aire para obtener tierra, el sabor de las frutas sigue siendo el mismo, y detestamos el cítrico sabor a pera que poseen las sandías. ¿Acaso crecen en árboles? Sería como ver a un humano parir un alce. De la tierra hemos cosechado el fruto de la venganza, y no nos gusta su sabor; nos encanta. También hemos cantado, pero eso no importa ahora. Estamos cenando, y no se canta en la mesa. Sumamos dos más dos y obtuvimos setecientos trillones cincuenta y seis billones ocho millones novecientos cuarenta y siete mil ochocientos veinticuatro. Hemos dado vueltas en bicicleta usando una sola rueda y, la verdad, no necesitamos usar ninguna. El control remoto del televisor dejó de funcionar hace unos segundos y sinceramente estoy considerando morderme las muñecas y beber mi propia sangre. O cambiar de canal. Los jueves vemos gotas de sangre en las paredes, pero los viernes viene la limpiadora y eso pierde importancia. Se llama Lila y no estamos seguros de que sea naturalmente una mujer. Dios la trajo al mundo con pestillo. ¿Estamos bajo el efecto de algo extraño? Me motiva ver cómo las paredes de mi casa se derriten, pero ya no creo que vuelva a dormir aquí adentro, por las dudas. Ya no me caen bien las mandarinas, con su cáscara tan peluda y suave. Tampoco las madrinas, ásperas como la seda y la baba de babosa. Y perdón por ser redundante, pero las palabras redundan redundantemente en mis oídos. Quiero creer, pero no se en qué. Tal vez comencemos una nueva religión, una secta donde todos seamos deidades. Quiero ser faraón, pero no en Egipto; prefiero a Guatemala, o a las estrellas que nos gritan. Ha venido la brisa que arranca mi rostro, y con ella mi odio hacia la gente vegetariana. Sé que no tiene sentido para ustedes, pero sólo me importa que tenga sentido para mí, si es que lo tiene. Conozco esa cara, el rostro de ruido a mar. Tiene un sabor áspero, como tomar agua parado en un pie sobre la joroba de un dromedario. La diferencia entre ellos y los camellos es simplemente el nombre. O el número de jorobas. Para serles sincero, no recuerdo muy bien la última vez que caminé sobre un piso blando, como el de ustedes. El mío es duro como la superficie del agua el cuatro de noviembre de mil ochocientos cuarenta y nueve, y va cuesta arriba, como si el cielo no fuera el límite. Las hojas de aquel árbol, mírenlas. Sí, con aquel tronco de color árbol, con aquellas hojas del color de las hojas del árbol de al lado. Se mueven como las hojas de una planta que tengo en casa cuando el viento azota a más de setenta y ocho coma sesenta y tres kilómetros por hora. Cuando ustedes quieran se termina, si es que siguen leyendo. Ahora, o en un rato. Esta tarde metí los dedos en un vaso con ácido sulfúrico y se me pelaron, como si fueran sandías sin cáscara, pero con la cáscara. Tengo de mascota un alce que pare hombres, pero los hombres no pueden parir alces, pues deben ser mujeres. ¡Y cuidado! ¡Cuidado si salen con cuernos!

Tengo sueño, o mi cerebro se está apagando. ¡Ah! ¡Si sólo tuviera pilas para el control remoto! ¡Ah, ahora sí! Off.