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atte Jimpa

02/09/09

La tarántula

Siempre al pasar, el vómito estridente y el cuerpo de su voz, la bilis del marinero y las heces del que cocina la sopa de tortuga en un fino restaurante francés. Se bate la olla, los vapores suben y conducen nuestras narices hacia un cielo de pecados capitales, donde la carne es carne y la sangre se paga siendo desangrado. Y disfrutando el olor a gente muerta.

Los caminos se estrechan, cada tanto, y las ramas golpean suave y gentilmente nuestros sucios rostros, pero no nos molestan. No nos molestan porque somos más molestos que ellas, y somos nosotros quienes las golpeamos, quienes traemos el alboroto la tranquilidad del bosque. Vamos a enterrar un cuerpo. Está fresco.

Está vivo. La mayoría de la gente pensaría que somos locos, sádicos, enfermos mentales. Pero nos gusta. La sensación de las uñas rascando el ataúd con incrementada presión, como despreciando progresivamente la sangre que corre por los debilitados dedos. El aroma tibio de la desesperación humana. Los gritos sordos, inframundanos, gélidos, del cesar de la respiración frecuente; el ahorro de oxígeno. El cerrar los ojos e imaginar un mundo en donde la gente fuera de los ataúdes es la que está atrapada, sólo por tranquilizarse uno mismo. La experiencia. El placer. La muerte, tan fresca.

Por un instante, el arrepentimiento. Sacarlo. ¿Y que nos delate? Jamás, queremos seguir con esto.

Nos volteamos tranquilamente. Nos perfilamos en la dirección desde la cual vinimos arrastrando nuestra pobre víctima. Quizá no merecía morir. O quizá sí, y eso nos tranquiliza. Eso nos eleva, nos motiva, nos condiciona. Somos esclavos de estas sensaciones. Matar, ¿y por qué no morir?

Por que una vez muertos no sentiremos nada.

1 bolazos:

tangerine dijo...

Muy bueno, lo suyo mejora cada vez.

Saludos.