Nadie quiere a la policía. Y yo tampoco. La verdad es que los odio, como a todo el mundo, pero eso no es mi culpa. Los policías de nuestro país son completamente inferiores e inútiles. Estaríamos más seguros sin ellos, irónicamente. Sólo se que si algún día alguno de mis hijos es de los azules o aún peor, guardia de prosegur, voy a crucificarlo.
28/02/09
Sangre azul
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bolazos
24/02/09
Una tarde marciana con sabor a Domingo
-Eso sucede cuando despiertas por tercera vez y dices: “mierda, domingo otra vez”.
-Tres seguidos, y, sin importar que sea música de lunes o comida de martes, es domingo porque todo el mundo lo siente. El viento se comporta como los domingos, la tarde se hace sentir como los domingos (de tarde), la luz se esconde a la misma hora que los malditos y desesperanzadores domingos. Odio los fines de semana, ¿realmente necesitamos uno de cuatro días?
-Hace tres domingos, ¿lo recuerdas?
-¡Cómo no recordarlo! Nos subimos a las onduladas jorobas de un mamut australiano, que gigantescamente disminuyó su tamaño al de una mosca, pero sin caravanas ni
collares, simplemente pelo y cuero y nada de coqueterías. Volamos tres horas sobre alfombras floreadas, y, después de todo, fue domingo otra vez. Diversión enfrascada en delirios de aburrimiento, nacida para sucumbir. ¿Y qué me dices de hace dos domingos?
-Hace dos domingos los ríos se tiñeron de rojo, los sapos cantaron canciones de cebras y bailaron monocíclicamente.
-¿Cebras de montaña o cebras de planicie? ¿O la cebra de Grevy? Esas tienen orejas redondas y más rayas, y cantan con el espíritu de un gordo, el sabor de un porcino: esas alegran hasta un terrorífico día de esos que generalmente vienen después del sábado.
-Cebras de calle, grietas del peatón e impaciencia del conductor, cebras que descansan domingos como éste al extrañar melancólicamente el paso de los visitantes. Tiendas cerradas y el asqueroso aroma al carnaval; pueden cantar como alegres suinos, pero jamás alegrar una tarde como ésta. Es como si el tiempo se ha rendido y ha quedado estancado en el peor de los días. Es como si nos dijera: “¿odiaban mi paso? ¡Ahora sientan como duele que me detenga!” El tiempo nos ha castigado, hermano, con el látigo del aburrimiento y la incomodidad del ocio televisivo.
-Vamos, deja de quejarte, amargo. Cierra tus persianas y espera: la luz del miércoles quemará tus párpados al despertar.
21/02/09
Hoy florecen las hierbas en Siberia
-Allí está, ¿la ves? La luz, el tiempo, la lógica, las cosas que no logramos entender: ella que da sentido y velocidad a nuestra órbita, ella que colorea nuestro futuro con tintas del presente, ella que besa suavemente las páginas de nuestra historia, y convierte nuestras lágrimas y sonrisas en retazos del pasado. Ella está allí, y no logras verla: tú nunca tendrás a nadie que represente lo que ella es para mí. Tú decaes, te asfixias y mueres: tú te atreves a olvidar, pero temes ser olvidado.
-Me paro, me levanto: no logro verla; las estaciones pasan a mi lado, difusas, confusas, oraciones del hombre y toda su raza, el silencio del valle y las terrazas del cielo. ¡Me paro, me levanto! Abrazo el espacio, y no logro encontrar tal amor en mi bolsa de afectos. Abrazo al tiempo, y no logro encontrar tal ternura en mi saco de recuerdos. Llantos, y un montón de sonrisas: ¡arriba la memoria!
-Ella odia el extraño color de mis ojos, y todo lo referente a mí. Y, aún así, ¿cómo podría odiarla? Ser odiado no es razón para detestar a nadie: ella odia mis grises ojos y yo adoro los suyos. Ella trae la primavera en invierno, y le regala el verde a los árboles, aún en el cruel otoño. Ella tiene siete sonrisas, radiantes, una con cada color del arcoíris: habla con el que llama a la luz del sol.
-He esperado por este momento toda mi vida, nadando con peces prehistóricos en mares montañosos, océanos de piedra con algas fosilizadas: burbujas de tiempo y alegrías de encuentro. Habla con el que llama al alba: no necesito sonrisas de siete colores, sólo una amarilla, o naranja, o rosa. Escucho, sin nunca ver su hermoso rostro. El tiempo dirá si quiere divisar el mío, al menos a lo lejos, como una isla que emerge de lo profundo del mar, o si prefiere las palabras de alguien nuevo, que no escriba tontas líneas acerca de su belleza. Y nunca la olvidaremos.
-Allí está, ¡mírala, se mueve muy rápido! La luz, el tiempo, el amor, la lógica y los besos que siempre quisimos dar: ella que enciende las turbinas de nuestro ser. No hemos olvidado esa canción que tan bien conocíamos, movimientos de estrellas y momentos de destreza: la esperanza de la desaparición de su aspereza. Necesitamos ese momento, por él hemos aguantado siglos la respiración. Las estaciones pasan a nuestro lado: ¡nos paramos, nos levantamos! La observamos desde aquí, en lo alto de las terrazas del cielo (difusas, nubosas, cargadas de espectros y suaves gritos de euforia no patológica, alegría de lotería y canciones de algarabía: simple e intenso amor por amar sin ser amado), por donde ella hace su camino, incluso hoy, tan gélido, florecen las hierbas de Siberia.
15/02/09
Nous sommes du soleil: (El canto de las sirenas violetas, los gigantes del sol y los juglares austríacos; a la cima del cielo: cuánto te quiero)
Una vez más levantamos vuelo, ¿y no es el sabor del vuelo de las babosas acuáticas lo que le da color y platinado –dorado, tibio y efervescente- a nuestras vidas? Batir las alas en el aire, cremoso, espeso, y darse cuenta de que ningún ser humano vuela, solamente porque temen caer. ¡Qué imbéciles son! Ellos se han olvidado de sus ángeles. Ellos han dejado de buscarlos, y han encontrado la perdición de la comodidad. Nosotros no. Buscamos una foto de ti, tan hermosa como el cielo (sólo cuando no hay tormenta y el sol riega con su luz cada milímetro cuadrado de mar azul de agua sólida –y celeste, siempre celeste, o naranja- que no teme permanecer allí arriba, y caer, como los hombres voladores). Buscamos un poema que describa tu sonrisa, tan alentadora como la arenga de algún caudillo (cualquiera que no sea comunista, esos son deprimentes, y tu sonrisa no, tu sonrisa me eleva hasta el sol y me convierte en parte de él). El retrato está oculto en las llamas, detrás de las paredes del inframundo, donde nadie se atreve a aventurarse, por más hermosa que seas. ¡Yo por ti pongo las manos en el fuego! Pero uso guantes de amianto, porque quiero abrazarte con mis brazos sanos.
12/02/09
Treinta y dos
- Cuando el día se derrama por el ventanal, somos testigos de nuestras dos mil desgracias: mil veces hemos dicho “te amo”, y mil veces hemos obtenido un “yo no” como respuesta. Afortunadamente, desde pequeños aprendimos a caminar con espinas de fuego bajo nuestros pies, y no hay molestia, ni física ni de ningún tipo, que nos mueva los párpados. Somos estatuas, pero sólo porque tenemos ganas. Nosotros, treinta y dos, no sabemos nada sobre baldosas de sandía, o sobre sábanas de asfalto. Nosotros, treinta y dos voces, sólo sabemos cantar. ¡Funesto, levanta tu mirada! Hoy es el día de los coleópteros rosados nadadores: hoy tal vez obtengamos una respuesta diferente. Un alegre “yo también”, o un desesperante “yo nunca lo haré”. Siéntense a escuchar, o quédense parados.
- Olvidamos hace siglos la mejor canción del mundo, y ya no podemos cantarla. Hoy es sólo una brisa del color de sus sonrisas. Hoy es sólo un silbido y los dedos del sol. Escucha al viento cantar entre los milenarios árboles: él le contará a la Madre Naturaleza sobre tú y yo. ¡Escucha! Es ésta nuestra tierra prometida, la tierra en la cuál los pájaros y sus cantos florecen como frutos en la inmensa vegetación, la tierra en la cual el aire es tan puro como tus ojos; la tierra en donde puedo escuchar cada atardecer cómo me llamas para que vuelva a casa.
- Mientes, engañas, siempre me dejas atónito, esquizofrénico: tarde o temprano los problemas vendrán a ti. Hazme creer que soy algo nuevo, distinto; inténtalo, pero jamás lo lograrás. Somos sólo una revista vieja en los desordenados estantes de tu vida. Tu hora llegará. Puedes correr, o esperarlo sentada, no hace mucha diferencia.
- O mejor, caminar en puntas de pie, o de rodillas, hacia donde el sol se transforma en luna y vierte sus aguas en las bocas de los ángeles púrpuras: cantos de camaleones y fuego de liebres. Brota, crece donde eres joven, algún día la luz de luna alimentará tu espíritu.
- Abrimos los grifos y dejamos que los desesperados gritos de terror escurran por el drenaje. Jamás cerraremos las canillas: esto se ha transformado en la sinfonía que mueve nuestros engranajes, los latidos de nuestro corazón. Estamos, y estaremos por siempre, sedientos de la demencia líquida que emana de sus profundidades.
- Está fabricada de algún tipo de madera metálica, dientes de marfil y ojos de esmeralda. Es una bestia de seis piernas y ochenta y tres lenguas, es la mascota del demonio, la guardián del infierno, tan bella que a pesar de ser desagradable no podemos resistirnos. Debemos amarla, sin importar cuántas máscaras trae puestas debajo de la máscara que nos deja ver. Debemos hacerlo aunque ella ni siquiera pueda vernos, porque para eso hemos nacido. ¡Ama, imbécil! Aunque nadie nos quiera, seguiremos nuestro camino.
- Los hijos de Thor iluminan el cielo y se retuercen agrietando las nubes. Ellos gritan con las voces del trueno, ellos hieren a los traidores con fuego traído del cielo: el martillo caerá pronto, y nadie se salvará de sucumbir en el abismo. ¡Corre! Donde ellos pisan, el pasto jamás vuelve a crecer; ellos secan arroyos y hacen correr ríos de sangre, ellos siembran cráneos y ven crecer a los demonios. ¡Corre! Sino quieres ser uno de ellos.
- Diez monedas de oro en una tímida bolsa de cuero. Basta con poco para tentar al diablo: unas lastimosas gotas de cristal y el alma envasada para toda la eternidad. Seremos, hoy y siempre, esclavos de su voluntad. Y nadie, ni tú ni ella, podrán cambiar nuestra decisión.
- ¡Nosotros no! Tú, abre los grifos y escucha cómo los gritos escurren por el drenaje, nosotros somos sordos y no deseamos volver a oír su voz. Hemos vivido siglos con fotos de su rostro hasta que se convirtieron en lo único que podíamos ver. Hemos limpiado la nieve del parabrisas, pero ella siempre vuelve a caer. El calor se vuelve frío, el frío calor, lo único que vemos es el cambio, astuto, rápido, convincente. El cambio nos mueve de un estado a otro, el cambio nos muestra; pero no sabemos realmente en qué consiste cada estado. El cambio acecha, y queremos escondernos de él.
- De él, o de ella. Del cambio, o del que busca que cambiemos. Encontramos una mesa de cuatro patas que sólo posee tres, adornada con un rústico mantel y un florero proveniente de mil quinientos treinta y seis. Encontramos el perfecto escondite, pero nos sentamos alrededor de él, acomodados en las tristes y diminutas sillas de madera que la encierran, tratando de asfixiarla y consumirla poco a poco. Cáncer de madera: el aprendiz derroca al maestro.
- Nos apoderamos de cada crepúsculo y nos liberamos en cada ocaso, y no hay caso. El vientre del demonio está plagado de su semilla, él desea invadirnos, controlarnos. ¡No la escuchen! Sólo dice mentiras, predice desastres: ella trae al mundo el anochecer de nuestras risas, ella es la luna llena que anuncia el despertar de las bestias. ¡Mírenlos! Todos adorando a sus falsos dioses, envían a terapia a los niños con amigos imaginarios. ¿Acaso no es Dios un amigo imaginario para adultos sin imaginación? La Iglesia es el mayor de los manicomios.
- ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!
- ¿Y si no queremos correr? ¿Qué sucede si, a pesar de todo, queremos ver frente a frente el desagradable rostro de la verdad? Un “yo también”, o el terrorífico “yo nunca lo haré”. No corran, la mentira caerá bañada en realidad ante sus ojos, y no hace falta buscarla. El falso acaba siempre comiendo la carne de su propio corazón.
- Nuestros colores se han desteñido, nos encontramos frente a una pared de queso que ha ocultado sus agujeros: debemos rascarla con los dedos y hacer nuestros propios huecos si deseamos escalarla. Dibujamos una línea entre lo alegre y lo triste, entre lo bueno y lo malo; pero se nos hace imposible encontrar la separación una vez que nos damos vuelta. Somos títeres del encierro, espantapájaros altamente calificados para espantar humanos. Odiamos, y nos hacemos odiar.
- Una noche de jueves a oscuras en la sala; treinta y dos personas dentro de una respiran como treinta y dos personas. Los vidrios se han nublado, cubiertos de diminutas y cristalinas gotas de agua, y nada conecta al mundo exterior con lo que vivimos por dentro. No necesitamos esquinas, rincones, ni cajones; todo lo que sentimos está escrito a fuego en nuestras espaldas. Y en nuestras frentes, para los pocos que se atreven a vernos a los ojos.
- Él ha detenido el crecimiento de las cabezas de la hidra, aún habiéndolas cortado y sabiendo que de esa forma ellas siempre vuelven a crecer; ha luchado contra inmensas bestias salvajes y ha salido victorioso sin un solo rasguño. Él cosecha diamantes de los ojos de su amada y besos de sus labios. Él se equivoca, se confunde, se tropieza y cae, pero siempre tiene el valor de levantarse. Él ama y es amado; él odia y es odiado: él siente, y los demás sienten que él existe. Él es una persona, y quizá todos nosotros, los treinta y dos, deberíamos ser más como él. O no.
- Nosotros no somos, ni queremos ser. Nosotros juzgamos de afuera, hipócritas, el curso de la vida de uno de nosotros. Uno solo, y el resto: ideas y ríos de fantasías. ¿Me querrías si fuera otra persona?
- Así que, nosotros mismos, seguiremos nuestro camino. Caminantes: ¡la rabia le ha ganado hoy al amor! Un manojo de lágrimas y unas gotas de desesperación. Corta suavemente el verde de nuestro amanecer, desliza tus ropas bajo el cantar de mis aves. ¡Salta, explota! Si ella no te ama, ¿qué haces respirando? ¡Rompe con los esquemas! Volamos, y si un día volamos, entonces volveremos de la misma forma. Agitamos nuestras alas bajo el agua, y sí, no necesitamos aire para volar: nadamos bajo el calor de la luna y ella besa tenuemente nuestras espaldas con labios de color carmesí. No pensemos en lunas ni soles: en carne y osamenta de minotauros. ¡Corran, corredores! Dejen nadar a los que se han cansado de volar, dejen sufrir a los que desean probar la astucia y la fuerza de un buen golpe. Esclavos de sus deseos, se olvidan de los que necesitan verlos cumplidos. Destrocen la cabeza de los hombres pájaros, hagan esculturas con sus picos y ropas con sus plumas. Defiendan su territorio: hoy el hombre de césped hablará con la Tierra y le dirá al fin cuánto la ama. ¡Aguanten! Hoy verán el sinfín cubierto de principios, hoy sentirán frío en donde la sangre más cálida da un respiro a sus órganos, hoy, el tiempo clavará sus garras en donde más duele: las arrugas de su rostro.
- Si nuestra vida fuera más parecida a como fue diez años atrás, tampoco querríamos al cielo, ni a Dios, ni a nadie. Nuestro ingenio viene del amor al demonio. Una vez más, vender nuestra alma por diez monedas de oro: odiar, y ser odiados.
- Yo soy aquel que hace un tiempo dijo una cosa, y hoy diré otra: otra.
- ¡Ya! ¡Dejen de hablar, se supone que somos voces que cantan! Y si no podemos recordar la mejor de las canciones, entonces, los que siguen escuchando, sepan perdonarnos. No deseamos aburrirlos con metafóricas interpretaciones de nuestras vidas, es sólo nuestra manera de soltar nuestras parasitarias emociones.
- Merecemos el enorme castigo, el abandono, la traición y el odio; pero no queremos ser sus víctimas. Somos culpables de todo sólo para que otros no sean culpables, somos mártires que sólo han sufrido para evitar el sufrimiento a los demás. Somos el pulso de los gusanos, y daremos nuestras vidas por cualquiera, aunque jamás podamos recuperarla.
- Hay algo que está faltando, fallando, y no podemos saber qué es. Tal vez nos olvidamos de tomar aliento, o de soltar la respiración. Nos olvidamos quizá de hacer latir a nuestro corazón. No sabemos qué es, y no podemos arreglarlo. Ya no nos queda memoria, ni nada que se le asemeje, sólo fotos y estúpidas canciones que parecen no tener sentido. Deberíamos buscar mejor, pero estamos cansados de nunca encontrar nada. Ella es todo lo que necesitamos.
- ¡No mas voces humanas! ¡No más música humana! Las máquinas dominan nuestras vidas, ¡véncelas! ¡Aplástanos, una y otra vez! Cuando los humanos pensantes encuentren la armonía, encontraremos hermosas notas nuevamente. Hasta entonces, dios de la televisión, corrompe mi alma, derroca la idea de control.
- Atento, encontró una vez el azul en los envoltorios rojos; estiró su brazo y agitó el aire entre sus dedos y el paquete, pero jamás logró tocarlo. Nadie sabe, ni siquiera hoy, qué era eso azul dentro del envoltorio rojo. Pasto en el agua, sangre en mis ojos: un enigma oculto bajo densos e impenetrables centímetros de aire fresco.
- El secreto está en su respuesta, esa que nunca tendremos porque jamás nos animaremos a preguntar. No otra vez, no para pasar por lo mismo. Hoy marchamos hacia donde las aguas hirvientes del sol queman la piel de los desamparados. Hoy marchamos hacia los lagos del sufrimiento y la desesperación. Hoy marchamos, sin rumbo preciso, adonde sea que nuestro fúnebre destino nos conduzca.
- ¡Escucha atento! Jamás estires tu brazo hacia un envoltorio rojo con interiores azules, o vivirás con la duda el resto de tu vida. Mas, si alguna vez logras divisar uno, no tendrás más remedio que estirar tus dedos, o morirás de la intriga. Si alguna vez tienes la oportunidad de llegar a lo que más anhelas, ¿lo dejarías ir tan fácilmente?
- A veces no confiamos en ninguno de nosotros, ¿de verdad merecemos ser tan despreciados? Caminemos, esclavos, algún día el sol brillará para nosotros.
- Todo el mundo cree en algo. Están los partidarios de Dios, los de Satanás, o los del Amor. Nosotros creíamos en el amor, hasta que Belcebú, nuestro verdadero padre, nos mostró el verdadero camino: el odio. Odia a todos, solitario, y vive pacíficamente en soledad.
- Nosotros seguimos encerrados entre estas cuatro paredes blancas. Nuestras cabezas están amobladas con tornillos a la pared, y sobre cada una de ellas cae continuamente una fría gota de agua. El sonido hace eco en nuestras cavidades cerebrales. Ya perdimos la cuenta, ¿cuántas gotas han caído? Nuestros cuerpos están empapados en agua y sudor, nuestros cráneos se encuentran perforados en la cúspide, erosionados por la caída de la verdad. Esperamos, pero deseamos desmayar.
- Por nuestra cuenta. Verdes, exhaustos, nuestros azules ojos miran con desdén los recuerdos de las desgraciadas vidas que supimos llevar. Tenemos melancolía de los peores momentos, y olvidamos nuestras mayores sonrisas. Somos máquinas de odio, robots del desprecio: hemos sido creados para ahuyentar a los seres humanos, hemos nacido para vivir solos, fuera de este mundo, en soledad. Ya no deseamos mirar sus fotos, ni tocar sus cabellos, ni escuchar su voz. La desesperación nos lleva a nuestras rodillas, a rezar a falsos dioses por el regreso de aquello a lo que solíamos llamar amor. Deseamos mantenernos en donde la luz, pero siempre nos vemos atraídos hacia la oscuridad. Tratamos de mantener una mente abierta, pero no podemos dormir con esa idea. Hemos sido desechados, y, otra vez, caminaremos hacia donde el sol atina a salir. Desearíamos poder detener esto, pero no podemos soportar la velocidad a la que se mueve. Y nadie lo hará por nosotros, pues los hemos espantado, a todos. Quizá, por primera vez en nuestras vidas, sea hora de rendirnos. Hora de envejecer, de aumentar el paso, de mirar hacia el horizonte y dejar atrás las lágrimas secas. Renegociar nuestras vidas. Jamás detendremos este tren; así que seguiremos, seguros, solos, tristes. Maniobras de vida o muerte en la oscuridad. Todo o nada, para conseguir su amor.
- Cuando la noche y su luz se desparrama en las cortinas, lloramos testigos de nuestras dos mil y dos desgracias: mil y una veces hemos dicho “te amo” y mil y una veces hemos obtenido un “yo no” como respuesta. Afortunadamente, desde que podemos recordar fuimos educados en la cátedra de la paciencia y la perseverancia, y no hay tarea, ni física ni de ningún tipo, que nos haga sudar inmensas gotas. Somos pétreos esclavos, pero sólo porque deseamos serlo. Nosotros, treinta y dos, no sabemos nada acerca de historias de amor ni poemas románticos. Nosotras, treinta y dos voces, sólo conocemos el canto a la desesperación y la tristeza. ¡Solitario, abre tus ojos! Mañana será el día de los lepidópteros paquidérmicos: mañana quizá obtengamos una respuesta diferente. Un esperanzador “yo también”, o un punzante “yo nunca lo haré”. Pero no es para preocuparse, después de todo, es sólo uno de nosotros el que realmente llora cada noche.
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03/02/09
Lejos
Estamos malditamente cansados; somos perros dálmatas que se sacuden para ahuyentar las manchas, aún sabiendo desesperadamente que es la mancha lo que hace al dálmata. Eso, o un perro blanco común y corriente. Un hombre lleno de errores, o un ángel bañado en luz acuosa. Caminamos ansiosos por inmensas rocas de hielo negro; ¡rápido!, pero lo suficientemente lento como para no resbalar y caer en lo profundo del océano. Estamos malditamente cansados de ser lo peor sobre la tierra, estamos furiosos de no contar con la confianza de nadie, agonizando por llevar cuesta arriba este manto de culpas. Estamos, pero no queremos estar.
Ahora una pared de terciopelo, un colchón de hojas secas y el reconfortante sonido de aquella caminata otoñal. Humedad en la punta de mi nariz, fría, como la de un dálmata. Estamos lejos. Lejos del calor, del aire, de nuestras penas. Estamos lejos y no deseamos acercarnos, nunca jamás. Cada paso nos recuerda más a ella, la dama que, como las hojas de un roble, se desprendió de las ramas de nuestra vida. Sólo que ella no se ha marchitado, y viaja en flor por el mundo, alegre sin nosotros. Ella tiñe de hermosos colores la vida del resto con pinturas que ha sacado de nuestros necrosados sentimientos. Ella sonríe a la hora de la despedida, pero nosotros no; nosotros sólo podemos llorar.
Existe, antes que cualquier otra cosa, una canción que viene de adentro. Una canción que alimenta nuestros sueños y nos sumerge en cristalinos lagos de melancolía. Melodías que siembran memorias y esperanzan las fantasías de nuestro corazón. Miles de notas que nos llevan hacia un mundo de retratos de personas sin tráquea que mueren ahogados en su propia sangre. Persiste, antes que cualquier cosa, el instinto asesino. Él nos muestra el verdadero camino a seguir: coleccionar las manchas de otros.
Nos adentramos en una críptica casa estrangulada por milenarias enredaderas. Hemos perdido el techo y las paredes; lo único que conservamos es nuestra sala principal, solitaria, bañada en gritos y desesperación. Las ventanas flotan sobre los cimientos, nos llaman. No tenemos paredes, pero aún así abrimos nuestras ventanas y miramos a través de ellas. Sobre un antiguo mueble hecho de fresno, junto a un vaso lleno de penas y un retrato de su hermoso rostro, se encuentra el cuchillo que desgarrará el recuerdo, la fábrica de euforia. Una serie de cortes en la garganta de algún desconocido, un manojo de sonrisas en nuestro rostro. La sangre de los inocentes es el agua que necesitamos si no deseamos morir de deshidratación. Eso, o convertirnos en un perro blanco, como cualquiera.
Ella no es una desconocida, pero quiere serlo. Tampoco es inocente, pero le gustaría serlo. Por suerte, ella sí posee cuello, y eso es buena señal para nosotros. Una serie de cortes en la garganta de la desconocida, una ópera de gritos de alegría en nuestros oídos. La sangre de los traidores es aún más remunerativa. Podemos limpiar, o podemos dejar que las manchas muestren realmente quién es un dálmata y quien deseó ocultarse bajo un angelical manto de luz acuosa. ¡Descubre tu rostro de la pintura de la falsedad! La traición y el abandono han consumido tu belleza: sólo eres atractiva para las almas del infierno. Para ellas, o para los perros blancos, ordinarios. Nosotros y nuestras manchas te miraremos desde lejos.
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