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atte Jimpa

15/05/09

Fénix

En un momento, brilla extenuantemente el iris de tus fieros ojos, preciosos cual diamantes sumergidos en etéreas e invisibles aguas; crueles, ¡mas cuánta hermosura despliegan!, siendo tus párpados fieles imitadores del vuelo del grandioso ave fénix, extintor del llanto, que templa las metálicas lágrimas que al exterior asoman. Y sobre tu tez, enmascarada, tornase luz cualquier resabio de oscuridad, brillando bajo los cielos como espejo de las estrellas que, adormecidas, aún luchan por mostrarnos el camino hacia la verdad. Y tu paso, tu cantar, tus acciones llenas de gracia, plenamente supremas, acompasan el paso de un tiempo que no es el que vuelve ni el que avanza inconmensurablemente, sino el que suavemente se detiene, segundo a segundo, a contemplar la magnificencia del pequeño mundo en el que vivimos; un tiempo carente de sentido, carente, si se desea, de tiempo mismo, que nos sitúa por sobre todas las cosas, permitiéndonos observar cómo éstas cambian por la simple razón de la creencia en la necesidad, por la ciega confianza en las palabras del evolucionismo.
Y si, en el caer de las horas, rebotasen éstas contra las paredes de nuestros cúbicos y limitados razonamientos, volumétricamente rellenos con inconsistentes vacíos espirituales, no sería el tiempo más que una estúpida razón para mirar el reloj. Y dime, tú, hipócrita, ¿no estallan actualmente minutos contra tu destrozado y sangriento rostro? Tu piel, tu carne, convencida de la necesidad de mudar, de seguir adelante, dejará pronto de coexistir con tu persona, y buscará ser algo mejor; renacer, tras el eterno y monótono resonar del tiempo, de las cenizas del enfurecido fuego que calienta, mas no quema, las barbas de los dioses.

05/05/09

Eñe

-Eñe
-¡O!
-Pe
-¡Cu!
-Erre
-¡ESE! Grito infame proveniente de la jaula más estructurada a la que tu vida se cierne, cual venenosa enredadera, hipóstasis de las flores del mal; ese pálido rostro bañado en lágrimas de hipocresía, tras el que ocultas osadamente tus banales sonrisas de logros marchitos, haciendo pasar, tal como los maestros poetas suelen enseñar a sus aprendices, por reales tristezas las afecciones que nuestros corazones intentan despegar de sus infecciosas pieles; ése es el grito que, tras el continuo adormecimiento de nuestras lenguas alfabéticas, se deforma y recae, sin otra opción, en el simplista, aborrecedor y repetitivo uso de los lamentos que todo el mundo escupe sin pensar. Y si, en el andar cotidiano, fuesen tus penas las que alimentasen los hambrientos estómagos de tus sucios y pedigüeños hijos, serías inmensamente rico, y no verías, siquiera en los rincones más apartados, ni sombra de la pobreza a la que hoy se subyuga tu hogar. ¡Detén los alaridos de tus quejas! No eres más que una bestia que Dios trajo al mundo en las pieles equivocadas. Despójate de tus sucias y molidas ropas, y échate a andar, paulatinamente, por el sendero del bienestar racional. No son los litros de lágrimas que llores los que pesarán a fin de cuentas, cuando el último grano de arena caiga, sino los kilos que mueva tu fuerza de voluntad, soberana ante todo, capaz de derrotar hasta al más gigante de los tediosos estancamientos.
-TE
-U
-VE (con tus propios ojos, el mundo no es de los que se quejan, sino de aquellos que escuchan desinteresadamente las quejas de los demás).