Existe, ante todo, una luz que viene desde adentro. Se agita en el alma como canción, conmoviendo el cosmos, haciendo vibrar cada diminuta cuerda de sus once dimensiones, atravesando el aire, disolviéndose en él. Y persiste, ante todo, la ferviente sensación del éxtasis de la existencia, esa eternidad tan corta que cautiva nuestros ojos con los colores más seductores. Y nos lleva el viento, a donde quiera que deseemos ir.
Hay un camino, más allá de tu sonrisa, en el gélido rechinar de los colmillos de las morsas. Con sus ronquidos ellas saben todo lo que necesitamos saber, el tibio agitar de la marea helada y el tambaleante aliento de los seres del inframundo. Recorrer el camino requiere más que confianza ciega, pero no es falto de nada aquel que lo intenta sin creencia alguna.
Ellas abren sus gigantes fauces y nos devoran, torbellinos de terror y lágrimas pasadas, agitan el mar con sus cantos llamando a los valientes a su perecer. Corremos; la nieve bloquea nuestras arterias, el viento corta nuestra respiración y el miedo frena nuestros exhaustos músculos. Y al llegar, la eterna paz nos invade, los dientes clavándose en nuestra carne y la sangre que fluye para ser uno con el mar. La insensibilidad de la muerte es tan exquisita... ¿Aún creen que alguien desearía volver?
07/03/10
Morsas
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