Y cuando los gigantes de oro
alcen sus cansados brazos
engarzando sus nerviosos dedos
en los diamantes del cielo,
cuando sobre vespertinas nieblas
tiemble tu semblante con el frío del invierno;
bajo el calor mundano cortarán las parcas
el carretel ilustre de tu viaje longevo.
Es éste el día en el que anhelo
bañar mis hombros en las cascadas del infierno,
¿qué habrá allí donde el mar abre paso al sol?
¿qué habrá allí donde lo que brilla es oro?
Soy un triste alquimista que nada transforma,
un sol que ni de proyectar su luz ha de ser capaz,
¿de qué sirve la grandeza del hombre
si sólo unos pocos han descubierto cómo usarla?
¡No es lo que yo puedo hacer por mi vida!
¿Qué puede hacer ella por mí?
¡No es el sentido que yo le de a mi existencia!
¿Qué significa la existencia de mi propio existir?
Es el oxígeno, el gas siniestro y mortífero,
el que nuestras desgastadas venas han de transportar,
es él quien nos arrastra por los ríos de líquidos rubíes
y nos ahoga lentamente lanzando sordas carcajadas.
La muerte sobreviene a nuestros pasos,
liviana, ágil, despreciable e innecesaria;
ella es la sombra en donde la luz permanece encendida;
el polvo que sofoca nuestros secos pulmones en nuestro encierro mental,
ella es terroríficamente puntual, y tiene una cita con nosotros,
¿acaso alguien se anima a dejarla plantada?
30/06/10
El telar
14/06/10
El hombre del reloj sin agujas
Se incorporó y dijo que el último traje no llevaba bolsillos, que los recuerdos de un muerto quedan con el muerto. A todos nos gustaba eso de él, dudaba de que un florero sin flores fuera señal de abandono; de que el tiempo sin números fuera un rostro sin sonrisas. Agitó mágicamente su antebrazo, girando con agilidad su muñeca, y miró fijamente por unos segundos su magnífico (y curioso por cierto) reloj de pulsera. Murmuró como sin ganas que para él el tiempo era cuento, que su reloj no tenía agujas porque él le había ganado a las horas. Continuó diciendo que si vistiera una brújula alrededor de su muñeca, el tiempo no serían ni minutos ni segundos, sino que serían caminos hacia los rincones del planeta. Frunció el ceño, y con desdén nos llamó esclavos, adictos al monótono tic-tac de ese ideal que fastidiosamente se adueña de nuestras miserables vidas. Chistó, perfiló hacia la puerta y se dio la vuelta para disculparse, como si de verdad quisiera pedir perdón. Pero a todos nos gustaba eso de él. Se escondió bajo su sobretodo negro y escurrió por la puerta, como mercurio entre una rendija, envolviendo su robusto cuello con la sombra de una pesada bufanda, abriéndose paso a través de un gélido y espeso invierno que, como tantos otros, no parecía hacerle envejecer en lo más mínimo.

