Cuando el silencio se vuelve palabra,
y el viento borra gestos escritos en la arena,
el monótono chirrido de nuestras articulaciones
cambia a través del aire, silbando ecos de guerra.
Soy latidos de sangre hirviendo, soy hambre,
soy el respirar de un soldado exhausto,
el desmayo estruendoso del tiempo, inabarcable,
metido a presión en un mortífero proyectil.
Ayer tragamos litros de petróleo,
anhelando ser piróforicos, explosivos,
sumas de dos más dos, memorias distorsionadas:
carreras en medio de cielos distantes.
(Detener truenos, descarrilar la tierra,
convulsionar los mares y congelar volcanes;
sorprender al mundo con un sinfin de motivos
que sólo son adornos para un último atardecer.)
Soy agua, tierra y aire, fuego y pasión,
el tacto etéreo de lo que uno nunca toca,
los sueños que uno desea soñar, y nunca sueña,
soy esperanza y soy la destrucción masiva:
soy humano, en un día perfecto.
24/07/10
Cesio
17/07/10
Estufas
La leña se chamusca, como sin ganas,
y el aire escapa, burbujeante
entre la savia ardiente
que se resiste al paso del destino.
Así, nervioso, froto mis manos
tratando de simular el caos
que se desata entre tanto rojo,
que explota en el poro
de alguna memoria vegetal.
Y con el tiempo el aire flocula,
nos volvemos viejos, viscosos,
pegajosos y adherentes, lentos,
hojas de doble renglón,
encadenados a nuestro poético pasado.
No precisamos alguien a quien amar,
sino alguien que nos ame, hoy,
mañana y siempre, sin presiones,
sin mentiras, sin cobardías.
Es evitar que nos quemen en estufas,
arraigarnos a nuestros sueños
y no tirar las hojas en otoño;
es saber entender qué es lo que viene.
Es el aroma a salvación, el que trae el viento,
el deseo inocuo de respirar una vez más,
es alegría, es fantasía, es lírica:
es el perfume de una flor intacta entre las llamas.


