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atte Jimpa

07/10/10

Espera algo salvaje

Si me zambullo en lagunas de sangre

y vomito el esplendor gélido de un glaciar,
jamás deambularé mis pagos sin chancletas.
Por no macular su nombre,
por no ensuciar mi alfombra.

Y si deseo perderme en un bosque
y ser devorado por los árboles,
no soy normal.
Ya me van a ver retrasando las agujas de sus relojes,
ya voy a andar descalzo.

16/08/10

Brisa nocturna

Todo para ahogarme en una torrencial lluvia de lágrimas, corroerme en el tiempo y sucumbir ante los muros majestuosos de tu apacible egoísmo. Soy esclavo de tus latidos, soldado de tus caprichos, eco de tus malévolos deseos.

Aún así, es morir solo lo que me asusta y me deja sin aliento por las noches, es la idea de desmaterializarme y borrar todo recuerdo de mí en la mente del colectivo. Es el concepto de esfumarme fuera de los recónditos confines del universo, de pronunciar mis últimas palabras y alimentar con ellas la velocidad del viento, pero no la del pensamiento de alguien más. Es la idea de fundirme con la tierra y ser devorado por generaciones de plantas la que me aterra y me fascina a la vez. Es eso, eso que nos estremece y nos hace temblar del desconcierto, eso que nos toma por sorpresa y nos lleva profundamente hacia el infierno, o quién sabe hacia dónde.

Es depender de algo más. Esa sensación de que nos mienten cada vez que pronuncian la palabra libertad, el dolor profuso de la palabra hiriente del que evoca al libre albedrío. Somos números moviéndonos en una sinusoidal curva que nos mantiene atados únicamente para facilitar la tarea de encontrar nuestros cadáveres cuando el tiempo dictamine nuestro patético fin. Somos desechables, poco útiles, poco admirables.

Pero el miedo amaina, calma, nuestras venas se ocultan nuevamente bajo la tensa piel y el sudor que congelaba nuestra frente se funde con el rotar de las agujas; todo se aclara con el pensamiento sistemático del "aquí estoy yo, aún respiro", para permitirnos cerrar los ojos y aventurarnos en algún sueño en el que la brisa gélida no resquebraje nuestros labios con el amargo sabor de ser olvidados.