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atte Jimpa
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12/02/09

Treinta y dos

- Cuando el día se derrama por el ventanal, somos testigos de nuestras dos mil desgracias: mil veces hemos dicho “te amo”, y mil veces hemos obtenido un “yo no” como respuesta. Afortunadamente, desde pequeños aprendimos a caminar con espinas de fuego bajo nuestros pies, y no hay molestia, ni física ni de ningún tipo, que nos mueva los párpados. Somos estatuas, pero sólo porque tenemos ganas. Nosotros, treinta y dos, no sabemos nada sobre baldosas de sandía, o sobre sábanas de asfalto. Nosotros, treinta y dos voces, sólo sabemos cantar. ¡Funesto, levanta tu mirada! Hoy es el día de los coleópteros rosados nadadores: hoy tal vez obtengamos una respuesta diferente. Un alegre “yo también”, o un desesperante “yo nunca lo haré”. Siéntense a escuchar, o quédense parados.

- Olvidamos hace siglos la mejor canción del mundo, y ya no podemos cantarla. Hoy es sólo una brisa del color de sus sonrisas. Hoy es sólo un silbido y los dedos del sol. Escucha al viento cantar entre los milenarios árboles: él le contará a la Madre Naturaleza sobre tú y yo. ¡Escucha! Es ésta nuestra tierra prometida, la tierra en la cuál los pájaros y sus cantos florecen como frutos en la inmensa vegetación, la tierra en la cual el aire es tan puro como tus ojos; la tierra en donde puedo escuchar cada atardecer cómo me llamas para que vuelva a casa.

- Mientes, engañas, siempre me dejas atónito, esquizofrénico: tarde o temprano los problemas vendrán a ti. Hazme creer que soy algo nuevo, distinto; inténtalo, pero jamás lo lograrás. Somos sólo una revista vieja en los desordenados estantes de tu vida. Tu hora llegará. Puedes correr, o esperarlo sentada, no hace mucha diferencia.

- O mejor, caminar en puntas de pie, o de rodillas, hacia donde el sol se transforma en luna y vierte sus aguas en las bocas de los ángeles púrpuras: cantos de camaleones y fuego de liebres. Brota, crece donde eres joven, algún día la luz de luna alimentará tu espíritu.

- Abrimos los grifos y dejamos que los desesperados gritos de terror escurran por el drenaje. Jamás cerraremos las canillas: esto se ha transformado en la sinfonía que mueve nuestros engranajes, los latidos de nuestro corazón. Estamos, y estaremos por siempre, sedientos de la demencia líquida que emana de sus profundidades.

- Está fabricada de algún tipo de madera metálica, dientes de marfil y ojos de esmeralda. Es una bestia de seis piernas y ochenta y tres lenguas, es la mascota del demonio, la guardián del infierno, tan bella que a pesar de ser desagradable no podemos resistirnos. Debemos amarla, sin importar cuántas máscaras trae puestas debajo de la máscara que nos deja ver. Debemos hacerlo aunque ella ni siquiera pueda vernos, porque para eso hemos nacido. ¡Ama, imbécil! Aunque nadie nos quiera, seguiremos nuestro camino.

- Los hijos de Thor iluminan el cielo y se retuercen agrietando las nubes. Ellos gritan con las voces del trueno, ellos hieren a los traidores con fuego traído del cielo: el martillo caerá pronto, y nadie se salvará de sucumbir en el abismo. ¡Corre! Donde ellos pisan, el pasto jamás vuelve a crecer; ellos secan arroyos y hacen correr ríos de sangre, ellos siembran cráneos y ven crecer a los demonios. ¡Corre! Sino quieres ser uno de ellos.

- Diez monedas de oro en una tímida bolsa de cuero. Basta con poco para tentar al diablo: unas lastimosas gotas de cristal y el alma envasada para toda la eternidad. Seremos, hoy y siempre, esclavos de su voluntad. Y nadie, ni tú ni ella, podrán cambiar nuestra decisión.

- ¡Nosotros no! Tú, abre los grifos y escucha cómo los gritos escurren por el drenaje, nosotros somos sordos y no deseamos volver a oír su voz. Hemos vivido siglos con fotos de su rostro hasta que se convirtieron en lo único que podíamos ver. Hemos limpiado la nieve del parabrisas, pero ella siempre vuelve a caer. El calor se vuelve frío, el frío calor, lo único que vemos es el cambio, astuto, rápido, convincente. El cambio nos mueve de un estado a otro, el cambio nos muestra; pero no sabemos realmente en qué consiste cada estado. El cambio acecha, y queremos escondernos de él.

- De él, o de ella. Del cambio, o del que busca que cambiemos. Encontramos una mesa de cuatro patas que sólo posee tres, adornada con un rústico mantel y un florero proveniente de mil quinientos treinta y seis. Encontramos el perfecto escondite, pero nos sentamos alrededor de él, acomodados en las tristes y diminutas sillas de madera que la encierran, tratando de asfixiarla y consumirla poco a poco. Cáncer de madera: el aprendiz derroca al maestro.

- Nos apoderamos de cada crepúsculo y nos liberamos en cada ocaso, y no hay caso. El vientre del demonio está plagado de su semilla, él desea invadirnos, controlarnos. ¡No la escuchen! Sólo dice mentiras, predice desastres: ella trae al mundo el anochecer de nuestras risas, ella es la luna llena que anuncia el despertar de las bestias. ¡Mírenlos! Todos adorando a sus falsos dioses, envían a terapia a los niños con amigos imaginarios. ¿Acaso no es Dios un amigo imaginario para adultos sin imaginación? La Iglesia es el mayor de los manicomios.

- ¡Corre! ¡Corre! ¡Corre!

- ¿Y si no queremos correr? ¿Qué sucede si, a pesar de todo, queremos ver frente a frente el desagradable rostro de la verdad? Un “yo también”, o el terrorífico “yo nunca lo haré”. No corran, la mentira caerá bañada en realidad ante sus ojos, y no hace falta buscarla. El falso acaba siempre comiendo la carne de su propio corazón.

- Nuestros colores se han desteñido, nos encontramos frente a una pared de queso que ha ocultado sus agujeros: debemos rascarla con los dedos y hacer nuestros propios huecos si deseamos escalarla. Dibujamos una línea entre lo alegre y lo triste, entre lo bueno y lo malo; pero se nos hace imposible encontrar la separación una vez que nos damos vuelta. Somos títeres del encierro, espantapájaros altamente calificados para espantar humanos. Odiamos, y nos hacemos odiar.

- Una noche de jueves a oscuras en la sala; treinta y dos personas dentro de una respiran como treinta y dos personas. Los vidrios se han nublado, cubiertos de diminutas y cristalinas gotas de agua, y nada conecta al mundo exterior con lo que vivimos por dentro. No necesitamos esquinas, rincones, ni cajones; todo lo que sentimos está escrito a fuego en nuestras espaldas. Y en nuestras frentes, para los pocos que se atreven a vernos a los ojos.

- Él ha detenido el crecimiento de las cabezas de la hidra, aún habiéndolas cortado y sabiendo que de esa forma ellas siempre vuelven a crecer; ha luchado contra inmensas bestias salvajes y ha salido victorioso sin un solo rasguño. Él cosecha diamantes de los ojos de su amada y besos de sus labios. Él se equivoca, se confunde, se tropieza y cae, pero siempre tiene el valor de levantarse. Él ama y es amado; él odia y es odiado: él siente, y los demás sienten que él existe. Él es una persona, y quizá todos nosotros, los treinta y dos, deberíamos ser más como él. O no.

- Nosotros no somos, ni queremos ser. Nosotros juzgamos de afuera, hipócritas, el curso de la vida de uno de nosotros. Uno solo, y el resto: ideas y ríos de fantasías. ¿Me querrías si fuera otra persona?

- Así que, nosotros mismos, seguiremos nuestro camino. Caminantes: ¡la rabia le ha ganado hoy al amor! Un manojo de lágrimas y unas gotas de desesperación. Corta suavemente el verde de nuestro amanecer, desliza tus ropas bajo el cantar de mis aves. ¡Salta, explota! Si ella no te ama, ¿qué haces respirando? ¡Rompe con los esquemas! Volamos, y si un día volamos, entonces volveremos de la misma forma. Agitamos nuestras alas bajo el agua, y sí, no necesitamos aire para volar: nadamos bajo el calor de la luna y ella besa tenuemente nuestras espaldas con labios de color carmesí. No pensemos en lunas ni soles: en carne y osamenta de minotauros. ¡Corran, corredores! Dejen nadar a los que se han cansado de volar, dejen sufrir a los que desean probar la astucia y la fuerza de un buen golpe. Esclavos de sus deseos, se olvidan de los que necesitan verlos cumplidos. Destrocen la cabeza de los hombres pájaros, hagan esculturas con sus picos y ropas con sus plumas. Defiendan su territorio: hoy el hombre de césped hablará con la Tierra y le dirá al fin cuánto la ama. ¡Aguanten! Hoy verán el sinfín cubierto de principios, hoy sentirán frío en donde la sangre más cálida da un respiro a sus órganos, hoy, el tiempo clavará sus garras en donde más duele: las arrugas de su rostro.

- Si nuestra vida fuera más parecida a como fue diez años atrás, tampoco querríamos al cielo, ni a Dios, ni a nadie. Nuestro ingenio viene del amor al demonio. Una vez más, vender nuestra alma por diez monedas de oro: odiar, y ser odiados.

- Yo soy aquel que hace un tiempo dijo una cosa, y hoy diré otra: otra.

- ¡Ya! ¡Dejen de hablar, se supone que somos voces que cantan! Y si no podemos recordar la mejor de las canciones, entonces, los que siguen escuchando, sepan perdonarnos. No deseamos aburrirlos con metafóricas interpretaciones de nuestras vidas, es sólo nuestra manera de soltar nuestras parasitarias emociones.

- Merecemos el enorme castigo, el abandono, la traición y el odio; pero no queremos ser sus víctimas. Somos culpables de todo sólo para que otros no sean culpables, somos mártires que sólo han sufrido para evitar el sufrimiento a los demás. Somos el pulso de los gusanos, y daremos nuestras vidas por cualquiera, aunque jamás podamos recuperarla.

- Hay algo que está faltando, fallando, y no podemos saber qué es. Tal vez nos olvidamos de tomar aliento, o de soltar la respiración. Nos olvidamos quizá de hacer latir a nuestro corazón. No sabemos qué es, y no podemos arreglarlo. Ya no nos queda memoria, ni nada que se le asemeje, sólo fotos y estúpidas canciones que parecen no tener sentido. Deberíamos buscar mejor, pero estamos cansados de nunca encontrar nada. Ella es todo lo que necesitamos.

- ¡No mas voces humanas! ¡No más música humana! Las máquinas dominan nuestras vidas, ¡véncelas! ¡Aplástanos, una y otra vez! Cuando los humanos pensantes encuentren la armonía, encontraremos hermosas notas nuevamente. Hasta entonces, dios de la televisión, corrompe mi alma, derroca la idea de control.

- Atento, encontró una vez el azul en los envoltorios rojos; estiró su brazo y agitó el aire entre sus dedos y el paquete, pero jamás logró tocarlo. Nadie sabe, ni siquiera hoy, qué era eso azul dentro del envoltorio rojo. Pasto en el agua, sangre en mis ojos: un enigma oculto bajo densos e impenetrables centímetros de aire fresco.

- El secreto está en su respuesta, esa que nunca tendremos porque jamás nos animaremos a preguntar. No otra vez, no para pasar por lo mismo. Hoy marchamos hacia donde las aguas hirvientes del sol queman la piel de los desamparados. Hoy marchamos hacia los lagos del sufrimiento y la desesperación. Hoy marchamos, sin rumbo preciso, adonde sea que nuestro fúnebre destino nos conduzca.

- ¡Escucha atento! Jamás estires tu brazo hacia un envoltorio rojo con interiores azules, o vivirás con la duda el resto de tu vida. Mas, si alguna vez logras divisar uno, no tendrás más remedio que estirar tus dedos, o morirás de la intriga. Si alguna vez tienes la oportunidad de llegar a lo que más anhelas, ¿lo dejarías ir tan fácilmente?

- A veces no confiamos en ninguno de nosotros, ¿de verdad merecemos ser tan despreciados? Caminemos, esclavos, algún día el sol brillará para nosotros.

- Todo el mundo cree en algo. Están los partidarios de Dios, los de Satanás, o los del Amor. Nosotros creíamos en el amor, hasta que Belcebú, nuestro verdadero padre, nos mostró el verdadero camino: el odio. Odia a todos, solitario, y vive pacíficamente en soledad.

- Nosotros seguimos encerrados entre estas cuatro paredes blancas. Nuestras cabezas están amobladas con tornillos a la pared, y sobre cada una de ellas cae continuamente una fría gota de agua. El sonido hace eco en nuestras cavidades cerebrales. Ya perdimos la cuenta, ¿cuántas gotas han caído? Nuestros cuerpos están empapados en agua y sudor, nuestros cráneos se encuentran perforados en la cúspide, erosionados por la caída de la verdad. Esperamos, pero deseamos desmayar.

- Por nuestra cuenta. Verdes, exhaustos, nuestros azules ojos miran con desdén los recuerdos de las desgraciadas vidas que supimos llevar. Tenemos melancolía de los peores momentos, y olvidamos nuestras mayores sonrisas. Somos máquinas de odio, robots del desprecio: hemos sido creados para ahuyentar a los seres humanos, hemos nacido para vivir solos, fuera de este mundo, en soledad. Ya no deseamos mirar sus fotos, ni tocar sus cabellos, ni escuchar su voz. La desesperación nos lleva a nuestras rodillas, a rezar a falsos dioses por el regreso de aquello a lo que solíamos llamar amor. Deseamos mantenernos en donde la luz, pero siempre nos vemos atraídos hacia la oscuridad. Tratamos de mantener una mente abierta, pero no podemos dormir con esa idea. Hemos sido desechados, y, otra vez, caminaremos hacia donde el sol atina a salir. Desearíamos poder detener esto, pero no podemos soportar la velocidad a la que se mueve. Y nadie lo hará por nosotros, pues los hemos espantado, a todos. Quizá, por primera vez en nuestras vidas, sea hora de rendirnos. Hora de envejecer, de aumentar el paso, de mirar hacia el horizonte y dejar atrás las lágrimas secas. Renegociar nuestras vidas. Jamás detendremos este tren; así que seguiremos, seguros, solos, tristes. Maniobras de vida o muerte en la oscuridad. Todo o nada, para conseguir su amor.

- Cuando la noche y su luz se desparrama en las cortinas, lloramos testigos de nuestras dos mil y dos desgracias: mil y una veces hemos dicho “te amo” y mil y una veces hemos obtenido un “yo no” como respuesta. Afortunadamente, desde que podemos recordar fuimos educados en la cátedra de la paciencia y la perseverancia, y no hay tarea, ni física ni de ningún tipo, que nos haga sudar inmensas gotas. Somos pétreos esclavos, pero sólo porque deseamos serlo. Nosotros, treinta y dos, no sabemos nada acerca de historias de amor ni poemas románticos. Nosotras, treinta y dos voces, sólo conocemos el canto a la desesperación y la tristeza. ¡Solitario, abre tus ojos! Mañana será el día de los lepidópteros paquidérmicos: mañana quizá obtengamos una respuesta diferente. Un esperanzador “yo también”, o un punzante “yo nunca lo haré”. Pero no es para preocuparse, después de todo, es sólo uno de nosotros el que realmente llora cada noche.

23/01/09

Dieciséis

-Escribiremos sobre lo que sea, pero al final, sólo las cenizas quedarán. Hemos caminado amablemente bajo la sombra del tiempo, y al fin los minutos comienzan a dejar sus cicatrices. A partir de hoy, deseo que todo lo que alguna vez fue recto se doble hasta encontrar su fin con su comienzo. La historia no sigue un curso, sino un ciclo, y terminará donde comenzó, por más que nos sea difícil recordar sus principios. Del polvo venimos, y en polvo nos convertiremos.

-Existe una suave canción que alegra mi espíritu, noble como el rugido de un león, sigilosa como el batir de alas de un hada, colorida como la piel del camaleón. Así, su melodía es como un laberinto en el cual las paredes cambian de posición y me prohíben siempre encontrar mi camino. Escucho esa canción cada segundo, y sólo parece traerme memorias de ella, y de cómo ella se fue, desgarrando mi espíritu. Anhelo el silencio como el más sediento a la lluvia; les hemos rezado a los dioses para que nos empapen con la respuesta de los sabios, y no nos han traído más que inútiles respuestas de televisión. Héroes de control remoto.

-Abrí una vez la caja de Pantera. Era como la de Pandora, pero con “te” en lugar de “do”, y no tenía nada que ver con ella. Al abrirla, se guardaron en ella todas mis memorias, y, si hay algo que todavía no comprendo, es cómo aún recuerdo ese momento, pues esa memoria debería haberse ido al igual que el resto. Es cierto, recordamos lo que deseamos recordar; nuestra mente se ha formado para que, con el mayor sigilo posible, nuestros malos momentos se hundan en lo profundo de nuestro ser. Caína espera al que a uno mismo se traiciona.

-Otros rezan al Dios del televisor por que los corrompa. El tiempo levanta una tempestad y agita sus mortíferos cabellos, pero sus ojos, demasiado cansados, no pueden notar cuán secos se hallan. No existe ya forma de no hablar de ella. Miren, imbéciles, somos dieciséis para agotar su perfección con melancólicos suspiros. El triste jamás sentirá el calor de una lágrima de alegría. El triste, sólo llorará.

-¡Y nunca paren! ¡Nunca paren de buscar esa respuesta! Puedo olfatear el aroma de tu miedo, azulado, violáceo, cianótico; escucho los latidos de tu corazón a distancias intransitables. Tu sangre es hoy más rígida que nunca. Jamás había raspado como hoy las paredes de tus venas. ¡Y mira, si no lo crees! ¡Mira como tu piel se ha poblado de gotas rojas, que asoman por tus poros pidiendo libertad! Tu sangre, verde como la esperanza y roja como el amor, saciará la sed de los que rezamos aún por la caída de la lluvia. ¡Corran! El demonio nos aplastará con sus mil pies llenos de púas. ¡Huyan! El amor que un día los protegió, hoy se ha desvanecido. El que ama y no es amado, de poco tiempo dispone. ¡Hazte amar, idiota! Antes de que el odio le gane a la pasión.

-Contamos con la astucia de los débiles. La inocencia no mata a un pueblo, pero tampoco lo salva. Aquellos que nunca lucharon nos mostrarán el verdadero camino. Porque ellos saben lo que dicen: aquel que nunca ha visto la muerte, conoce las mejores formas de matar. Cultiva odio, y manzanas, que de la ira nadie logra alimentarse. Deberás ver crecer cada fruto con paciencia y, cuando madure, lo arrancarás despiadadamente. Sólo aquel verdaderamente paciente esperará a que el pasto tape su vista para cortarlo.

-Control. La vida se ha llevado todo aquello que solíamos desear. Con el tiempo nos hemos olvidado de cómo es la forma correcta de manejar cada situación. Nos caímos, y siempre supimos levantarnos. Mañana también lo haremos, pero cada vez caemos más fuertemente, y temo por nuestra salud. Control. La muerte traerá todo aquello que solíamos temer. Cada minuto que pasa nos recuerda cómo es la mejor forma de solucionar nuestros problemas. Nos caímos, y siempre nos costó levantarnos. Mañana quizá no lo lograremos, mañana quizá caigamos tan fuertemente que nuestra salud ya no sea motivo de nuestra preocupación. Todos los que caen deberían saber cómo levantarse, pero en esos detalles es que la vida y su injusticia encuentran su
plenitud.

-Sabemos cómo será todo. Primero una despedida; parcial, temporal, pero despedida al fin. Con el tiempo el aire se irá cargando, será tan denso como el agua, o peor aún, espeso y tóxico como el mercurio. Nos ahogaremos en él mientras ella nos señala, desde afuera, riéndose de nuestras desgracias. Tal vez te despidas de nosotros, pero al menos déjanos vivir y ver cómo tu vida se vuelve tan miserable como la nuestra. El que vidas arruina, debería estar consciente de que la suya es también objetivo de otras personas como él. ¡Corre, ingrato! ¡Fúndete con el sol, allí donde el horizonte parte en dos a la tierra!

-Toda rosa guarda una espina. La suya será la más venenosa que el hombre jamás haya probado, pero la gracia de sus pétalos, su perfume, la harán la más tentadora. Ella ha robado nuestra alma y la ha guardado allí donde Satanás no deja que nadie vea. ¡Despierta, crédulo! Todo lo que ella dice son puras mentiras: el odio brota de su garganta como lava de un volcán.

-¿Quién desea escuchar al décimo? ¿Acaso no prefieren al decimoprimero? Anda, hermano, ella no escucha lo que dices, así que habla rápido y busca alguien a quien realmente le intereses.

-Ella tiene el rostro más hermoso que jamás hayamos visto. Ella tiene labios como rosas y ojos como estrellas. Ella se baña en pozos de cristal, pero empapa nuestros ojos con lodo hirviendo traído del fondo del infierno. Ella se dibuja como un ángel y pinta nuestras cabezas con cuernos cultivados en los jardines del demonio. Ella espera a vernos morir.

-Si nos enterramos vivos, la furia dejará paso a la soledad. La soledad dejará paso a la desolación. La desolación saludará amablemente a la tristeza, y ésta poblará por siempre las cavidades de nuestro corazón. La tristeza será el motivo de cada bombeo sanguíneo, el motor de nuestra paciencia. ¡Espera, imbécil! Algún día el mundo jugará para ti.

-Que comience la función. No hay discurso que explote tanto como el nocturno aullido de los lobos sordomudos. No hay lodo que nos entierre tanto como el que se escurre de la turbia confianza de nuestra dama de colores. Ella se cubre de rojos y amarillos y nos hace olvidar su falta de educación. Ella no piensa en nosotros, idiotas, ella se ríe de nuestras infamias.

-¡Cambien de canal! La televisión pudre sus mentes, la pantalla escupe en sus ojos y se excita con sus rostros salivados. El volumen no es el problema, ni las imágenes: el problema es el hecho de perder el tiempo viviendo las vidas de personas que jamás conoceremos. Ella jamás te amará: ella busca lo que el control remoto dice que es atractivo.

-Corta ya tus hilos, marioneta. Belcebú se ha cansado de manejarte, y busca la manera de incinerarte en el infierno. Tú nos has dicho que nos querías y todo ha sido falso. Tú mereces nada menos que el olvido y la traición. Tú mereces ser suprimida, por primera y última vez. ¡Corre, pues el último de nosotros ha de decirte cuán poco deseamos tu compañía! ¡Corre! Pues el sol no saldrá para ti el próximo día.

-Nosotros encandilamos los ojos de la terquedad. Nosotros consumimos poco a poco la luz de la sabiduría: quemamos con aceite el árbol de nuestras vivencias cotidianas. Si alguna vez deseamos ver tu rostro, hoy deseamos pisotearlo y prenderlo fuego. Él ya te ha mostrado lo que buscabas: el tiempo y el espacio que nosotros te quitamos. Él ha robado tu corazón, y nosotros no podemos hacer nada más que desearle suerte. Tú conoces nuestra forma de operar: acatamos órdenes. Y tú nos has ordenado amablemente que nos retiremos de tu vida. Nosotros, bañados en lágrimas, escaparemos hacia un mundo de sombras, de grises. Escucha atentamente: una vez dicho esto, jamás recordarás nuestros nombres. Somos potencias de dos que cayeron una vez en las redes de tus encantos, somos un número par que fue seducido por el calor de tu voz: pero ya nunca más. Ante ti, ruego al cielo por alguien tan bella como tú, pero más amable; y, de rodillas, te escupo.

29/11/08

Ocho

-Mis ojos se han congelado mirando su rostro. Los suyos ya no me miran con el calor de antes. Hoy permanecen caídos, gélidos, decepcionados, y esperan no tener que proyectar mi imagen nunca más en lo que queda de su corta eternidad. Respiro, y ya no aire que sirva para aliviar mi culpa; desearía deshacerme de ella, pero no es tan fácil. Nada lo es.

-Azul ha sido siempre la luz de sus emociones. Tan azul que uno nunca sabrá si viene, si va, o cuánto tardará en volver. Azul que colorea lo que alguna vez fue negro en sus ojos, que pinta de amor y de vida las paredes de las más tenebrosas cárceles. Hemos cosechado del árbol de la desgracia, y una vez que probamos el fruto, pocas cosas buenas trae el porvenir. La ventura del fortuito por siempre desearemos, añorando aquellos tiempos en los cuales el ángel caído aún no había tomado nuestro corazón a préstamo. Deberemos volar, una vez más, a las costas donde el mar no escurre.

-Ellos han comenzado a distinguirse. Uno por uno, van creando más dentro de mí. Dos, cuatro, ocho; esperamos no tener que continuar con esta oscura progresión. Ella se escabulle siempre como una estrella fugaz, que alimenta mis deseos y luego escapa como arena entre mis dedos. ¿Cuánto tiempo aguantaremos de esta manera? Aguantar hasta que ella, nuestra hermosa estrella, se encienda como el Sol. Deberemos buscar una señal, una vez más, para que el amor no se esconda como ella logra hacerlo.

-No diré nada más que esto: Esto.

-Y otros ríen mientras nosotros intentamos ser mejores. El esfuerzo ya no parece ser premiado como debería, y por más que lo intente, la culpa siempre se apodera de mi espíritu. Ella encuentra la forma de hacerme sentir culpable por los más inútiles e insignificantes comportamientos. La razón y el amor, que luchan por consumir mi corazón, sólo aceleran mi sufrimiento. Deberíamos desaparecer por siempre, y que ya nadie recuerde nuestros nombres.

-Sin embargo, yo estoy tan alegre. Jamás he visto sobre este planeta un día tan hermoso, tan lleno de esas alegres tristezas que siembran el bulbo de la esperanza en mis entrañas. Jamás he sonreído tan amablemente a las personas que se cruzan en mi camino. Hoy, los colores del viento pintan mis ojos de una felicidad incandescente, y los aromas del tiempo han dejado de irritar mi percepción.

-Por mi parte, no tan mal me siento. Quisiera, tal vez, modificar los túneles del humor. Retorcerlos con ayuda del tiempo, o del amor. He encontrado la forma de no amargar mi existencia por estas causas, pero no he conseguido aplicarla aún. Cuando afirman que soy infeliz, tiendo a asentir. La vida me ha mostrado que se debe contestar lo que el otro quiere que se conteste. De no hacerlo, mejor corre, pues ellos buscarán que articules esa respuesta. ¿Quiénes? Las voces, tú sabes, las que estamos hablando en este momento. Tan discretamente hemos tomado el control, que muchos ya nos ven como personas diferentes.

-Hace poco volví al mundo. Al principio, nada parecía bueno. Nadé por meses en las tibias aguas de la soledad, esperando que una estruendosa tormenta me ocultara muerto bajo las olas. Hoy, al verla partir, un rayo de luz se ha abierto en mi camino. Al menos, ahora se halla la esperanza de verla volver. Jamás había visto, en mi vida y mi muerte, algo tan hermoso, capaz de generar en mí tal sufrimiento. Hasta ahora. Ella es el motor de mis emociones y se ha convertido en la dueña de mi razón. Los ocho vivimos para pensar en ella, pues una mente no es suficiente para admirar su grandeza. Ocho fantasmas que vagan por la vida esperando que lo que parece ser su espalda muestre algún día aquel hermoso rostro que tanto solíamos admirar. El día que ella vuelva, uno sólo volveremos a ser. Mientras tanto, seguiremos conversando con ustedes.

08/10/08

Cuatro

-Hoy somos cuatro aquí sentados. Hablamos todos, si nuestras voces no se confunden. Lo que necesitamos es organización. Yo, tú, él, él; ¿cuál es el orden cuando todos somos huecos en la misma pared? Que empiece él, el segundo, él sabrá lo que decir.
-Una vez más miro las blancas paredes que nos rodean. Sí, parecen tan frágiles. Pero del mundo real, el que ellos viven, nos separa más que un grueso muro de ladrillos. Redes de sueños y promesas a las que jamás veremos convertirse en realidad. ¿Recuerdan cuando golpeamos a aquella anciana por su postura encorvada? Sé que era inofensiva, pero eso convierte la situación en algo más emocionante. ¿Por qué lo hicimos? Si acaso estamos locos, dígannos entonces por qué no se golpea a las ancianas encorvadas. Si acaso estamos locos, y la compasión y misericordia duermen durante nuestras acciones, dígannos entonces por qué hay que ser compasivo y misericordioso para ser como ustedes. Ustedes están tan locos como los cuatro; o al menos eso pensamos nosotros. Mas que hable él, que todo lo calla, para que ustedes vean quiénes somos.
-Una vez más miro el blanco techo que nos cubre. Llano, plano, inmaculado. El techo, que tan sólido parece, deja en las más oscuras noches caer la lluvia. Gotas de cristal. Y cortan mi cara, sí que lo hacen, y es por eso que nuestros rostros muestran cada día más sangre donde debería haber piel. Ayer escuché voces. Ayer, como tantos días, no supe cómo responderles. Ellas ordenan y esperan, pero nunca ayudan. Quieren que coseche carne y sangre, y la coma, y la beba. Quieren que arranque los ojos de todo aquel que alguna vez tuvo la soberbia de sentirse mejor que nosotros.
-Mis ojos cual cortinas se corren. Verde fue alguna vez el lecho de nuestras camas. Mas hoy marchitado está, corrompido por lo rojo y lo negro; y lo dorado. La bruja nos trae día a día el deseo de no ver jamás las paredes curvas. Y si hoy no lo trae, nuestros ojos buscarán la forma de convertir en esquinas lo que nunca tuvo líneas rectas. Y más. ¿Por qué no una sala con mil esquinas? Dónde todo es líneas y vuelve a ser esférico. Y nuevamente pedimos a la bruja. Deseos. Frotamos los cuatro la lámpara del genio, y un azul humo escapa del extremo, escurridizo, durmiendo a todo el que lo aspira. Solo sabor a muerte en nuestros labios congelados. Y si hoy no lo trae, nuestros ojos buscarán la forma de convertir en brujas las esquinas, para que de negro, rojo y dorado se llene esta habitación. Ahora falto yo.
-Sólo yo. Y cuando ellos hayan aprendido a mirar hacia atrás, sólo nosotros. Cuatro personas que alguna vez nos preguntamos por qué la gente camina mirando hacia delante. Atrás, las afiladas garras del recuerdo, sedosas telas de memoria que cubren hasta al más autómata de los normales. Abajo, el abismo, el que se halla pintado con la sangre de los pecadores, el que, por traer la luz a los normales, terminó sirviendo a gente como nosotros. Arriba, lo inalcanzable, lo etéreo que todos buscan y nadie ha podido conseguir. Ni ellos, los normales, tan santos, han vuelto para dar verdadero testimonio de la existencia de su padre. Y si tan poderoso es, que ahuyente a la bruja y nos haga ver que es mejor sufrir y no tener sustento, que vivir en un mundo cuadrado vacío en desesperación. ¿Y qué ven adelante? El futuro, incierto, no se revela ni ante el ojo del águila más perfeccionista. El futuro, amigos, se ha ido hoy para nosotros. Y si ella no lo trae esta tarde, nuestros ojos buscarán la forma de ver a estas cuatro personas aquí sentadas como la unidad que conformamos. Y no habrá rojo, ni negro, ni oro, que haga que esta mitad hable con la otra. Porque a partir de hoy, el silencio será el idioma de todos ustedes, menos el mío. Hoy, como tantos días que siguen, solo yo recibiré de su mano el áspero deseo de caminar sobre suelo firme. ¿Y cuál es el orden cuando todos somos huecos en la misma pared? Pues que venga él, él, y tú. Juntos rellenaremos eso que la cristalina lluvia de primavera ha sabido erosionar.

26/09/08

Dos

-¿Entonces?
-Pasó eso, tú sabes, lo de siempre.
-¿Qué? ¿Cómo pasó?
-Como de costumbre, estábamos en el lugar de siempre, sentados como siempre, hablando de los mismos temas que acariciamos día tras día. Y sucedió. No supe cómo pero pronto me vi encerrado en esa situación.
-¿De nuevo te mandó preso? ¿Cuándo dejarás de hablarle? Siempre que te acercas a ella, llama a la policía. Creo que de cierta forma tiene razón, mírate, estás todo sucio y lleno de polvo. ¿Hace cuánto que no te bañas? Deberías dejar la onda reggae y buscar trabajo. Si hay algo que la droga que consumes no consigue, es dinero. Puede traerte esa sonrisa falsa que llevas contigo como compañera, pero no el dinero para mantenerla.
-¿Y no dicen que el dinero no compra la felicidad? ¿Y quién dijo que me había mandado preso?
-El dinero no es la felicidad, pero a ti te vendría bien un poco de verde en esos bolsillos. El único verde que ves en tu vida es el de la droga. Con respecto a lo de haber ido preso, lo supuse por esas esposas que traes puestas. No eres muy inteligente, ¿no? ¿Acaso no aprendes más?
-Las esposas son de otra escena, y es más bien cariñosa. He entrado en un club de sexo violento. Descubrí que me gusta que me peguen y corten. Lo malo es que la parte del sexo nunca parece venir. Parece más bien una clase de pelea, donde todo el mundo disfruta marcando la espalda de otro usando látigos recubiertos de púas.
-¿Y dónde está el cariño? Sólo veo violencia en tus palabras.
-Ah, amigo, más que eso. Es el aroma de cada sonrisa. El sabor de cada golpe. Esa gente comparte eso conmigo, se sienten de la misma manera. Vivos, eso es, nos sentimos vivos. Cada herida, ver la sangre correr. Si fueras humano, me entenderías.
-Llegará el día en que mueras de un golpe en la nuca, pero nada de eso importa si eres feliz, ¿no es así? Hay gente que vive sana y miserable por toda su vida. Supongo que habrá gente trastornada que prefiere sonreír día a día con cada hueso de su cuerpo reducido a polvo. Pero volviendo a nuestra cuestión, ¿qué sucedió hoy entonces?
-Estábamos ella y yo juntos, allí, como siempre. El día cayó sobre nosotros como una ola de agua helada rompiendo en la costa. Espumante, comió poco a poco lo que quedaba de nosotros. El tiempo, con el tiempo, se fue yendo hasta que solo quedaba la luna y los dos. Un halo esplendoroso que bañaba nuestras alas; ángeles, eso éramos. Entonces pasó. Nunca sabré como ni cuando. Nunca conoceremos la causa, ni menos lo que provocará.
-¿Qué sucedió entonces?
-No lo sé, dime tú, ¿acaso no estabas contando la historia?